Y ese fue el fin de todo…

2

Me quedé sentada en la cama, escuchando la radio mientras él buscaba por dónde prender la televisión, por la única estación que no tenía interferencia transmitieron la canción que me tarareaste y sentí melancolía, se quitó los zapatos y se acomodó en la cama, del lado donde estaba el control, prendió la tele y me dijo: apaga la radio; me quede analizando sus palabras y pensé en que no quería dejar de escucharla, pero mi acción cedió a su petición, apagué la radio y me recosté a su lado, el empezó a besarme, finalmente a eso habíamos ido, pero mi mente lo rechazó; era el reflejo de mi melancolía y eso lo notó, me preguntó:

– ¿Qué tienes? Y yo contesté:

– Ya me quiero ir, llévame a la casa de mi amiga.

-¿A la fiesta?, pero yo no quiero ir.

-Yo tampoco quiero que vayas, sólo quiero que me dejes ahí o si quieres no me lleves, sólo sácame de aquí.

Se levantó enfurecido y me dijo: pero ya pagué, ¿a poco ya nos vamos a ir?, mi voz empezó a cobrar fuerza y conteste que sí que me quería ir, que no estaba a gusto con él, que quería ir con mis amigos, que quería estar contigo; eso le hubiera dicho si no fuera por el miedo que me daba la indecisión.

Salimos del motel y me llevó a la fiesta, le dije que yo entraría a la casa y que él se fuera, que después hablábamos, pues era evidente que ya no quería esa relación.

Llegamos a la casa, se estacionó en la acera de enfrente y la fiesta estaba con muy buen ambiente, se escuchaba la música y la risa de muchos, había tres casas en forma de condominio y se tenían que subir las escaleras de un piso para poder llegar a la casa de la reunión. Me bajé del auto y no volteé hacia él, quería que mi rechazo se notara lo suficiente como para que él se enojara, tuviera dignidad y se fuera para siempre.

Entré a la casa, vi tu cara radiante de alegría, todos me miraron contentos por haber tomado la decisión correcta, era claro que si estaba en la fiesta, era porque había decidido estar contigo, pero de un momento a otro el tiempo se detuvo, tu rostro se desencajo y la mirada de los demás había pasado de ser una mirada de complacencia a una mirada de enojo y frustración.

No entendía su comportamiento, se voltearon y nos dejaron de mirar, entonces giré sobre mí misma y supe de inmediato la razón de su descontento y la razón de tu necesidad de salir inmediatamente de la casa, saliste a toda prisa empujando a los demás e ignorándome deliberadamente; él estaba detrás de mí, en realidad no se había ido, se quedó y esperó a que subiera para llegar por sorpresa. Le pregunté: ¿Qué estás haciendo aquí? Y me contestó: sólo quiero pasar al baño y saber por quién me estas cambiando.

Todo se derrumbó, tú saliste corriendo y detrás de ti muchos más, él se quedó mirando el escenario y burlándose me dijo: ¿Por ese que se salió llorando me estas cambiando? Yo no contesté, me dejé caer en el sillón con las manos en la cara, pensando que había sido una tonta por no haber esperado a que se largara y así no hubiera pasado ese momento tan desagradable para todos.

Eso ya no lo podía cambiar, tú creíste que lo llevaba a convivir con mis amigos, nuestros amigos como si yo fuera tan cínica, tan insensible, como si fuera alguien que no tiene sentido común, que es inmadura y que no sabe lo que quiere.

Estabas equivocado, yo sabía bien lo que quería y a eso había ido.