Unos días después… Llegaste

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Después de una espera de 289 días aproximadamente, llegó a mis manos una niñita que me graduaría como mamá.

¡289 días! Casi 10 meses, y es que ella sabe llegar en el momento perfecto, toma su tiempo para cada cosa, ella me enseñó el verdadero significado del verbo ESPERAR, con ella he tenido que tomar grandes tragos de paciencia, me ha regalado mis mejores lecciones, con ella mi vida tomó otro sabor.

Un año y tres meses después llegó un perfecto caballero a terminar la graduación y con él mis grandes dotes de «cuidaloporquesecae», él es un pequeño con energía interminable, una sonrisa que enamora y unos pulmones tamaño XL.

Pero con ellos dos, llegaron también mis miedos, mis noches largas, mis días cortos, mis quincenas más chiquitas, mi cabello descuidado, mis estrías gigantes, mis llantitas más redonditas, mis caderas más perfectas… Sí, dije más perfectas, y es que han aguantado muchos kilos extras, mis uñas sin acrigel y con 1mm de largo, las ojeras con más razón que antes, llegaron también pretextos para comer, sentir, oler, disfrutar y apapachar lo que a mí se me diera la gana para evitar que uno de mis hijos saliera con cara de algo.

Y es que ser mamá es mucho más que grandes sonrisas y abrazos diarios, continuos, interminables, ser mamá es cargar una pancita gigante los últimos días antes de la «perfecta cita a ciegas», es verte al día siguiente de la llegada de tu bombón achocolatado frente al espejo y de repente sentir un vacío, pero además ver un vacío, es descubrir mientras le cuentas sus deditos y revisas cada milímetro de su piel que eres la creadora de una maquinaria perfecta y que además le hiciste un hermoso armazón.

Ser mamá es despertar la primer noche y cambiarle el pañal dos o tres veces en menos de cinco minutos porque el pequeño no se dio cuenta que aún no terminabas el cambio  y decidió continuar con su labor ensuciadora, es despertar cada dos horas para regalarle un poco de ti mientras come y además quedarte dormida mucho antes que él.

Es tener las boobies más hermosas y «deliciosas» mientras eres portadora de tan preciado elixir, es cuidar la figura, peso y talla de alguien más mientras dejas para un poquito después la tuya.

Ganarte el título de mamá requiere de desveladas interminables, incontables cambios de pañal, elaboración de papillas nutritivas y sabrositas, preparación profesional de fórmulas lácteas en cualquier momento, incluso mientras estas saliendo tarde para el trabajo y te falta levantar la mitad de la casa y el otro bebé te grita desesperada «¡pipí mamá!».

Requiere también de mucho valor… Y es que se necesita valor para ver caer a tu bebé mientras está aprendiendo a caminar, mientras el malvado pediatra le pone la vacuna en su brazo minúsculo, mientras llega al hospital y te dicen que tal vez no todo esté bien, mientras lo dejas el primer día en la guardería fingiendo que todo estará bien  y en realidad tienes ganas de quedarte con él, sólo por si hiciera falta.

Valor para saber desde que te enteras que llegará contigo que nada más es un pequeño préstamo, un mensaje divino de que estás haciendo las cosas bien, pero que como préstamo tal vez tengas que regresarlo antes de que te vayas, valor para quedarte de pie y entera mientras muchos se van y tú te quedas para ir hacia adelante y de la mano de ellos, valor para verles crecer y saber que el tiempo no regresa, que sus palabritas mal dichas y sus pasitos chuecos se están quedando atrás.

Se necesita ser grande para enseñar muchas cosas, desde como sentarse hasta como no caerse en cualquier sentido de la palabra, se necesita tener capacidad de asombro, que los ojitos te brillen con la misma intensidad que a ellos mientras se descubren en el espejo y se sonrien, se necesita aprehender (sin con «h») para que todo lo que aprendas no se vaya y te hagas todos los días mejor persona, mejor mamá… Mejor ejemplo pues.

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Jamás imaginé que dos personas a las que nunca había siquiera imaginado, pudieran hacerme sentir tantas mariposas en el estómago, pudieran hacerme soñar aun despierta, pudieran sacarme carcajadas mientras estoy un poco rota del alma y el corazón, que dos pequeños a los que a veces no les entiendo aún (es que manejan un lenguaje bebé que todavía no domino) pudieran comunicarse conmigo y además hacerme entender qué es lo que necesitan; que dos pequeñas vocecitas que me llaman mamá me hicieran tan fuerte, tan viva, tan tenaz y valiente, que ahora tengo dos brazos que se convierten en seis si es necesario, que mis ojos en la nuca (como los de cualquier mamá) han empezado a funcionar mientras hago de comer y los observo jugar, que he podido llegar «en vivo» a varios lugares después de trasnochar con ellos porque tenían temperatura.

Estos últimos tres años de mi existir he leído mas sobre cómo educar, amamantar, vestir, corregir, divertir, alimentar, e infinidad de verbos que se «deben hacer de manera correcta cuando eres mamá primeriza», que durante toda mi carrera (soy maestra), pero a lo largo de los días he descubierto que la mejor forma es la que se hace con amor, con pedazos de respeto llenos de apapacho, con paciencia, con platos rotos, con ropa sucia, con llantos desesperados por una galleta, con besos llenos de mocos invernarles, con manitas pegajosas olor a naranja, sin duda la mejor manera es la que se hace cada una a su paso, a sus días, a sus noches, a sus hijos.

En mi andar me he topado con grandes mujeres convertidas en mamás, de esas que trabajan todo el día, de esas que lavan la ropa a mano, que limpian y hacen de comer, de esas que cuidan su casa y a sus hijos; de esas que son grandes empresarias, jefas de familia, que van solas, que son respaldos de esposos triunfadores y no tanto, mamás que aman y enseñan a amar, mamás con las que me siento bendecida porque son mías, son mi mamá, mis tías, mis primas, mis amigas, las mamás de mis amigas, mis vecinas, las mamás de mis alumnos…

En fin hoy sólo deseo que cada mamá de este mundo tenga el corazón tan grande para amar y respetar a sus pequeños de manera tal que cuando a ellos les toque, les cuiden y ayuden a caminar con el mismo amor con el que ellas lo hicieron.