Una gran lección que todos deberíamos saber. ¡Tienes que leer esto!

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CONCHO AYDONQUER.

 Había una vez un hombre llamado Concho Aydonquer, nacido en un país no tan lejano.

Concho tenía por costumbre la regla del menor esfuerzo:

-Hacen como que me pagan, hago como que trabajo- decía.

-Si se me hace 15 minutos más temprano no me van a felicitar ni me van a pagar más, ni para qué levantarme más temprano, puedo poner de pretexto tanta manifestación, bloqueos, retenes, no falta qué paro sacar- decía.

-Yo no lo envicié- si es que veía a algún joven alcoholizado o drogado, decía.

-Mientras no se metan conmigo, me vale- si veía un asalto, un robo, una injusticia, decía.

-Yo no voto por ningún “güey”, al fin que ninguno me va a dar de tragar- si de votaciones se trataba, decía.

-A ver, ¿por qué no ahorraron en su juventud?- si veía algún anciano pobre y enfermo, decía.

-Voy a dejar la basura en la esquina ya que oscurezca, ni modo de pararme temprano a esperar el camión- decía.

El caso es que todo le valía, no ponía empeño en nada y sus frases favoritas eran:

  • El que no transa no avanza.
  • Ay, mañana será otro día.
  • Con eso está bien, al fin que para lo que es y para lo que me pagan.
  • Ahí dile a tu Mamá, yo vengo cansado de trabajar y no estoy para eso.
  • Hay pa’ la otra semana voy a ver a mis papás, al fin que si estuvieran mal ya me “haigan” avisado.
  • Pa’ que me meto en política, no me voy a dedicar a eso.

Y lo peor del caso, es que sus amigos eran más o menos del mismo tipo: un velador que se emborrachaba diario en la bodega en la que trabajaba, un policía al que sólo le interesaba usar el uniforme para atraer a las “morritas”, un “aviador” que no trabajaba pero firmaba y recibía cheque, un Médico del IMSS que vendía muestras médicas e incapacidades, un pasante a quien apodaban el coyote de Angora y que sin título ni cédula ejercía de Abogangster, un chinero de un mercado de abastos, un chofer de un tráiler que lo “ordeñaba” y vendía el diesel, un vendedor de frituras que se había auto asaltado varias veces, etc., finísimas personas, todos ellos del mismo talante.

-Ni modo que me junte con puro ministro o puro diplomático- el buen Concho decía cuando su esposa le hacía algún comentario de sus amistades.

Y sucedió que un día camino al trabajo, lo asaltaron, lo golpearon y le quitaron hasta el último centavo, el reloj y el celular.

-Son ma…das, tanta gente viendo y »nadien» me quiso hacer el paro, »nadien» se metió, dejaron que me madre..ran- dijo enojado, mientras la gente que pasaba apresuraba el paso y que lo mismo que el orejas de papalote, se hacía que ni veía ni escuchaba.

A la distancia vio una patrulla y pidió auxilio a un par de uniformados que leían un periódico deportivo dentro de ésta.

-Me acaban de asaltar oiga, dos fulanos con una navaja, no deben ir muy lejos- dijo a los patrulleros.

-¿Y quiénes eran, joven?- respondió aletargado el oficial.

-No pus’ no sé, me agarraron de espaldas, pero uno traía una sudadera roja- dijo Concho.

-¿Y qué, quiere que persiga a todos los que traigan sudadera roja? no joven, además ni modo que me meta en sentido contrario pa’ seguirlos, vaya a la delegación a poner la denuncia.-dijo el uniformado.

-Esos “güevones” los conocen, saben en donde se esconden, lo que pasa es que les dan mochada y por eso no los persiguen- dijo un adolescente que fumaba un extraño cigarrillo sentado en la banqueta.

-¿Qué es lo que te molesta chavo?, ¡Llégale, no le estés poniendo aquí!- dijo el uniformado al adolescente.

-¿Tú los conoces, sabes dónde están, me puedes servir de testigo?- dijo Concho con ansiedad.

-Nel, yo no quiero broncas-, dijo desenfadado el muchacho y se marchó con su cigarrillo haciendo la Britneyseñal a los policías.

Y Concho se fue caminando, echando maldiciones que daba gusto oírlo y como no llevaba dinero para el transporte público tuvo que caminar.

Y caminó por calles que no conocía, y tuvo que apretar el paso en el tramo más solitario del camino cuando  se dio cuenta que a corta distancia lo seguía un vehículo de vidrios entintados desde hacía un buen rato y corrió hasta que llegó a un barranco y luego de tropezar cayó algunos metros muy lastimado, con varios rasguños y una descalabrada cuyo dolor le nublaba la vista.

Unas mujeres muy copetonas y perfumadas pasaron con unas bolsas de mandado repletas y les pidió ayuda:

-Señoras, ayúdenmen, me asaltaron y me caí, llamen una ambulancia, una patrulla, lo que sea, por favor doñas- les dijo.

-Vámonos comadre, este viejo ha de andar todo cemento, cochino vicioso, ahí que se quede, por algo lo tiraron ahí, vámonos comadre- y ahí dejaron tirado a Concho.

A los pocos minutos pasó una pareja de novios, la mujer quiso ayudarlo, pero el galán le dijo:

-No, no, no, vámonos, estás loca, va a querer que le demos un raid, mejor vámonos. Se llega a morir y nos llaman a declarar, no yo no tengo humor de andar en esos asuntos, vámonos- y se apresuraron a dejar abandonado a Concho que tratando de reincorporarse se volvió a caer más hondo todavía, hasta que dejó de rodar y perdió el sentido sin saber por cuánto tiempo. Y al volver en sí percibió que en el fondo de ese barranco corría una especie de riachuelo, que olía a animales muertos, a basura, a desechos sanitarios, aguas negras, combustibles, de todo y vio sus ropas manchadas de toda esa suciedad

-¿Dónde estoy?, este lugar parece el mismo infierno, nadien’ me quiere ayudar, qué gente tan gacha, pues en qué cochinada de país vivimos que a nadien’ le importa lo que a uno le pase- dijo furioso y dolorido.

Y entonces,  escuchó una voz que desde el fondo de la tierra decía:

“Yo soy tu patria Concepción, yo te di las tierras más fértiles, la fauna más diversa, el cielo más limpio, el clima más generoso, los mares más límpidos, los lagos y lagunas más encantadores. Tus ancestros lucharon y dieron su vida y su sangre para construirme a través de una historia de orgullo y sacrificio. A pesar de las desgracias y las inclemencias del tiempo, mi suelo siempre permite que todo vuelva a florecer. He soportado tiranías, invasiones, dictaduras, fraudes, guerras. Y tú has arrasado selvas y bosques, tu indiferencia, tu mansedumbre y a veces hasta tu complicidad han permitido que yo vaya muriéndome poco a poco, mis ríos enfermos de contaminación, mis lagos y lagunas secos, los mantos acuíferos a punto de colapsar y agotarse. Muchas especies animales que en un principio convivieron en perfecta armonía con tus ancestros hoy se van extinguiendo sin piedad. Has mutilado, quemado, derribado, contaminado cada parte de mí, sólo aquellos lugares a donde no has podido llegar se han salvado pero ¿por cuánto tiempo? Ahora tus hijos van creciendo sin orgullo, sin una identidad nacional, sin un amor hacia su patria. Las costumbres, los conocimientos y las tradiciones que durante siglos me fueron forjando como una patria sin igual, se van perdiendo, atropellados por el remolino de las crisis, de la globalización y la transculturación y tú lo has permitido y hasta impulsado. ¿De qué sirvieron los cánticos, los homenajes, los juramentos de defenderme que hacías cuando niño cada lunes? ¿Esta patria traicionada, corrompida, será el sepulcro de honor para aquellos que me defendieron, para aquellos que dieron su vida para heredarte a ti y a tu generación esto que no has sabido cuidar?”

-Chale, si he sabido ni nazco, con razón nadien’ quiso ayudarme, nadien’ ayuda a nadien’, todos estamos como dagas, parecemos perros y gatos, tienes razón patria, ¿qué debo hacer?- dijo Concho y el suelo de su Patria le contestó:

“Es la hora de defenderme a través de la honestidad, del trabajo, del esfuerzo, del ejemplo que debes dar a tus hijos; recuerda que te sucederán en este suelo manchado de sangre, de corrupción, de podredumbre. Recuerda que tú eres en parte constructor de  su futuro, de un porvenir que hoy se ve más que incierto, atormentado. Debes cambiar y ayudarme a cambiar a tus compatriotas, porque yo aún sigo creyendo en ti, cada vez que nace un compatriota siento renacer la esperanza, siento que cada niño es una nueva oportunidad y más allá de eso, cuando un ciudadano asume su responsabilidad con sus hijos y con su patria, pienso: sí se puede. Cada vez que el campesino siembra una semilla y enfrenta la lucha diaria, cada vez que una madre de familia acerca a sus hijos a Dios y los aleja del mal, cada vez que un anciano es socorrido, cada vez que un hijo demuestra respeto y agradecimiento hacia sus padres, cada vez que un profesionista realiza su trabajo con la diligencia y la ética exigible a su disciplina, cada vez que un hijo de esta patria triunfa en el extranjero y se siente orgulloso de su nacionalidad, cada vez que un Concho Aydonquer se arrepiente de sus actos y decide rectificar el camino, pienso: sí se puede. Así que ahora ve y defiéndeme Concho, lucha para que tus hijos no sufran esto que ahora has vivido en carne propia: la indiferencia, la corrupción, el abandono. Lucha Concho, enseña a tus hijos con el ejemplo, ama a tu patria y tu patria sabrá recompensarte.”

Las palabras retumbaron en la conciencia de concho.

-Qué vergüenza siento de mí mismo, pero esto va a cambiar, desde hoy ya no soy más Concho Aydonquer, desde hoy seré un orgulloso ciudadano que construye día con día un futuro mejor- se dijo a sí mismo Concho.

En ese momento, pasaban por el lugar un puñado de voluntarios limpiando de basura del lugar y lo auxiliaron desinteresadamente.

En sus playeras, Concho pudo apreciar la siguiente leyenda:

SÍ SE PUEDE, RECONSTRUYAMOS NUESTRO PAÍS. ¿ESTÁS DISPUESTO A AYUDARME?

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LIC. MARCO A. GONZÁLEZ J.