Un día para admitir que se está derrotado

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-¿Cuál fue el momento más feliz de tu niñez?– Alguien preguntó.

Tras de un pausa, dio vuelta y repasó con detalle el pasado. Agachó la mirada. Esbozó una sonrisa mediocre y contestó:

– No lo recuerdo.

Así se fueron borrando pasajes de una vida entera. Consumidos con la ceniza de unos cigarros. A tantos años vividos día tras día en constante lucha, resulta que ni el vestigio quedó de ellos. No es que se carguen costales y no es que se tenga miedo a tropezar con errores ya cometidos, es simple y llanamente que a veces el corazón ya no puede cargar con una herida más.

Es simplemente que a veces, el cuerpo se cansa de ser un envoltorio y la mente se cansa de ser, lo que todos esperan que sea. Y no se culpa a nadie de hechos, circunstancias y situaciones que uno mismo propició, las consecuencias se asumen; es sólo que algunas veces se necesita rendirse, ser humano y dejar de pretender ser inquebrantable. Y uno de esos días es hoy.

Hoy es un día de aquellos que se van las ganas de sonreírle al mundo. De decir que estás bien y fingir estarlo. Hoy es un día en que los malos ratos ahogan, hoy es un día en que las tristezas de antaño y las expectativas del presente no son más que trapos sucios. Una esperanza desgastada y un nudo en la garganta. Hoy es un día de aquellos en que cerrar los ojos y dejar de girar en este mundo es una opción palpable, tangible, probable.

Juzguen… Al leer estas letras pueden juzgar y llamar cobardía a la actitud misma. Quien no se haya sentido derrumbado alguna vez en su vida, entonces no es humano. Admito que la negatividad y malas actitudes de ayer, llegan a sopesar en el presente. La manía auto-destructiva que nace de las ilusiones rotas vuelve a ser un peso definido. Los temores, las dudas, la falta de fe, las ganas de no vivir, todo es válido cuando eres mortal. No se trata de ser el mejor, a veces se trata se ser una simple sombra. A veces se trata de perecer. A veces se trata simplemente de llorar.

Y llorar con dolor infringido. De llorar a oscuras teniendo como compañía los demonios internos. A veces no es malo convivir con ellos pues cuando llegas a hacerlo vuelven los pies a la tierra y el orgullo al piso. Se vuelve a ser vulnerable y aceptar que se necesita un abrazo, alguien que tienda una mano y que te diga en el alma que «todo estará bien».

Hay ocasiones en que el corazón esta hastiado y lo único que quisiera es que alguien lo acoja en su pecho y le brinde el calor que pocas veces ha sentido, para dejar de lado esa soledad que no le permite latir al mismo ritmo que los demás. A veces es necesario dejar de ser una extraña y convertirse en alguien normal. Alguien que nunca se ha sido.

que significa soñar con el chico que me gusta

Borrar mil recuerdos no es cobardía, son ganas de pasar desapercibido por una vida que ha sido dura. El ser quien se es y afrontarlo es un hecho que implica ser muy valiente. Admitir que no siempre se está bien es señal de humanidad, de que se puede ser débil. Es admitir que la vida es dura y que no todo es color de rosa.

La felicidad es un regalo inconcluso en estatus pendiente. Es efímera. Se disfruta y se consume así como llega. A veces simplemente, no llega.

Y se pasa la vida eliminando archivos del alma. Evitando recordar cosas que ya no sirven. No todos los días son malos, pero siendo jodidamente sinceros, hoy es de esos días en que te preguntas: ¿Qué carajos hago yo aquí?

Hay fuerzas sublimes que te mantienen con vida aunque por la mente ronde otra acción realizable y nunca he logrado convertirme en una paloma blanca. Hay días como este que odio la dicha y las ganas de ser feliz. Simplemente hay días que quiero romper en llanto, mandar al carajo todo y perderme en mi propio abismo, retar a la muerte y pelar con la vida.

Hay días como hoy que quedarán olvidados mañana, pero hoy, hoy simplemente, debo admitir que estoy derrotada.

Ya mañana… Mañana será otro día.