Un amor de otoño, un amor fugaz

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Lo conocí un frío día de otoño. Las hojas de los árboles caían, el viento soplaba y el sol comenzaba su acto escapista. Caminaba por mi callejón favorito en el centro de la ciudad y de pronto apareció él, sorprendido y admirando la belleza que a mí tanto me gusta apreciar de aquel lugar. Su metro ochenta y esa cabellera rizada lo hacían sobre salir de entre la multitud, admito que me fue imposible no fijar mi mirada en él y supongo que eso lo hizo voltear, entonces me sonrió.

Sin darme cuenta ya estaba frente a mí y debo decir, que con un español mal hablado me dijo que estaba perdido. Él no parecía estar perdido, parecía pertenecer a ese lugar, a ese momento, a esa fecha, a esa hora, parecía pertenecerme a mí. Comenzamos a entablar una conversación un poco extraña, él no hablaba mi idioma y yo obviamente no hablaba el suyo, pero nos entendíamos y a partir de ese momento, durante los siguientes días, no parábamos de escribirnos.

Salimos un par de veces durante esa semana, nos gustaba caminar por la calle o sentarnos simplemente a ver la vida pasar. Una sorpresiva tarde me tomó de la mano y me habló de corazón. Le quedaba poco tiempo en la ciudad, pronto volvería y quizá no regresaría, pero quería pasar sus últimos días a mi lado, quería que conocer la belleza del lugar en donde vivo a través  de mis ojos, con mi guía y mi compañía. Quería estar conmigo. Claro que acepté, sabía que eso no duraría más que un par de semanas más, pero lo quería disfrutar y lo disfruté.

Los días siguientes volvíamos a caminar por las calles, pero esta vez tomados de la mano y me llenaba de orgullo caminar a su lado, ver cómo las demás chicas lo miraban, mi yo interior daba saltitos de alegría, pues era yo la que iba a su lado, era a mí a la que él miraba.  Todos los días me decía algo que le gustaba de mí, siempre era algo nuevo, mi sonrisa, mi cabello, la manera en que arrugo la nariz cuando me río (ni siquiera sabía que hacía eso). Me llevaba hasta la puerta de mi casa, aun sin conocer la ciudad, jamás me dejó irme sola. Era un perfecto caballero, de esos que ya casi no hay.

Sus enormes ojos verdes siempre estaban pendiente de mi, para él no existía nadie más. A pesar de lo perfecto que fueron esos días, el siempre me habló con la verdad, nunca hizo promesas que no iba a poder cumplir, nunca ilusionó con la esperanza de un regreso, yo tampoco hable de amor eterno, no hubo promesas, no hubo juramentos, no hubo planes, siempre fuimos honestos y siempre agradecimos eso. Estoy convencida que así deberían ser los amores, siempre sinceros, sin promesas rotas, sin lastimar.

Él llegó con el otoño y con el otoño se fue. Esa última tarde estuvo llena de sentimientos encontrados, lo disfrutamos hasta el último momento, hasta el momento de decir adiós. Aún recuerdo su aroma y la sensación tan extraña del último abrazo. No lo quería soltar, no me quería soltar, pero nos dejamos marchar.

Ha pasado tiempo desde aquel breve encuentro y aún lo recuerdo llena de alegría, agradecida con Dios y con la vida por ponerlo en mi camino. De vez en cuando recibo un mensaje de él y siempre sonrío cuando aparece su nombre en la pantalla. Ahora es otoño nuevamente, la nostalgia me invade, los recuerdos llegan y las sonrisas no se hacen esperar.

Quizá nuestro destino no era estar juntos, pero sí conocernos, para tener un amor de otoño, un amor fugaz.