Tú y tu mirada…

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Un nombre tan peculiar no lo lleva cualquier persona, es de este modo en el cual me doy cuenta de que, en efecto, eres especial. No me culpes, por favor, no. En mí no estaba contemplado encontrar en ti muchas cosas que me hacen sentir diferente, siempre en el lugar adecuado, aunque en silencio.

Siento un irresistible temor a decir algo que no sea inteligente, porque guardas un talento especial, eres elocuente la mayor parte del tiempo, por eso no encuentro manera absoluta de decirte esto. Regado por varias hojas, baila mi sentir; me ahoga el silencio de tus miradas, y, a veces, no encuentro más palabras, por eso sonrío, es la respuesta más lógica que conozco de decir cientos de pensamientos que me atraviesan a diario ante tu simple saludo.

Cuando te abrazo, juego con tu cabello y respiro apacible para no despertarte, me siento en una nube, tu extraordinario acompañamiento comienza a convertirse en mi momento favorito del día y tu voz en mi canción preferida. No me declaro «a tus pies», aunque me declaro al pie de tu balcón, esperando tu mirada, esa que siempre mira ángeles y no mortales como yo.

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Cuelga de tus manos mi esperanza de permanecer juntos, no diré hasta la muerte, pero sí por más que meses. Ya tengo mi selección de preferencias en ti: me gustan tus labios, tu sonrisa, el color de tu mirada, la suavidad de tu cabello, ese tono apiñonado de la piel, las maravillas creadas por tus manos, tu figura y la coquetería de tu pequeña estatura. Sí, esta es la manera en la que te confieso que, más allá de ser sólo amigos, estoy entrando en la fase de conflicto con esto que decidimos llamar «nuestro».

Y es que detesto cuando alguien más acapara tu atención o cuando no estás, los momentos en que me asfixia no saber  de ti, es entonces el tiempo quien se detiene para la eternidad, hasta tu aparición. Por eso he decidido no alimentar más la confusión a la cual me expongo. Bastante es tenerte cerca sin saberte a mi lado, conocer de ti lo suficiente para darme cuenta que jamás me mirarás de manera especial, no fuera de esta «amistad». Por eso quiero preguntarte, sencillamente: ¿Qué sientes por mí? No espero una respuesta, sé cuán lejana se presenta, pero tampoco sé a qué se deben tantos besos, caricias y fugas a la soledad para encontrarnos en comodidad. No lo sé.

En confusión aguardo respuestas caídas del cielo, en tus ojos miles de intenciones se manifiestan y sonreímos en complicidad.