Tu utensilio más letal…

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A diario suelo fingir que es fácil de entender… Te desenamoraste de mis lágrimas; pudieron más los defectos. Sin embargo, en las noches advierto que te has marchado y en tu lugar se han quedado fantasmas a hacerme daño.

¿Qué hago con las cosas que se me quedaron sin ofrecer? Aún yacen en mi haber y me atormenta ver en ellas el reflejo de un amor estéril.

¿Cómo se edifica de nuevo la felicidad? ¿Cuándo todo volverá a estar bien? ¿Cómo se saborean otra vez el entusiasmo y la fe?

¿Cómo se frena al corazón si no sé amar de otra forma? ¿Cómo reanimo la espontaneidad que ahora huye de la luz?

¿Cómo se echa al amor del alma? ¿Cómo me desclavo los puñales? ¿Cómo enjuago mis heridas?

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¿Cuándo dejaré de pedirle a la vida que pare sus relojes; que me permita entender para ser mejor; que no te aleje más en su corriente?

¿Cómo se tachan recuerdos dotados de hermosura que hoy humedecen mis ojos?

¿Cómo puedes permanecer de pie si me ves en el suelo? Me lastima la sonrisa de tu fotografía.

En este huracán el viento puede más que yo y tú me has dejado solo. Posiblemente, no tengas respuestas que darme; nunca las tuviste. Entonces, es preciso ir a otra parte; a donde el cielo pueda responderme por qué diablos el adiós se lleva mi vida.

Hoy por hoy, el silencio es tu utensilio más letal, sin embargo a mí las derrotas me han dejado sin armas.

«A menudo nos quedamos desarmados y sólo con el tiempo nos damos cuenta de que operábamos armas nocivas».