Todo lo que sueño eres tú

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Cada noche, cuando estoy en mi cama, vienes a mí, como un fantasma. Parece que estás ahí. Siento tu presencia en mi habitación; la intensidad de esa noche. Me giro y te veo. Allí, sentado en la otra cama, con la mirada perdida a no sé dónde. Te veo hablando. Hablando de nosotros. De lo que alguna vez fuimos.

Intento decirme a mí misma que todo está superado; que ya nada importa y que tú nunca fuiste nadie en mi vida; pero sigues ahí, como la sombra que se niega a abandonarme; como esa persona que nunca debí permitir que se fuera; como ese alguien a quien nunca debí entregarle mi corazón.

Trato de olvidar, una misión imposible para mí. Y a veces me arrepiento de haberte conocido, de haber aceptado tu juego. Me arrepiento por no dejarte ir antes, por mantenerte ahí sin ninguna esperanza, como siempre. Lamento el día en que decidí que entrases en mi vida como el ser poseedor de mi amor. Lamento haberte hablado del Hedonismo, de los amores platónicos y de esa pasión nuestra que compartíamos.

Aunque todavía lamento más haberte llevado a mi casa; dejarte pasar la barrera de mi puerta, a pesar de lo que me habías hecho; dejarte sentar en mi cama para que lo único que saliese de tu odiosa boca, después de todo, fuera que no era a mí a quien amabas.

Me arrepiento de tantas cosas, pero sobre todo, de haberme entregado a ti.

Tengo la sensación de haber traicionado a otra persona. La sensación de haberme traicionado a mí misma, de haber traicionado a mi alma. No puedo evitar mirar hacia atrás. Sentarme en el último vagón del tren, mirar por la ventana, ver nuestra estación, y vernos allí: abrazados; juntos; sin remordimientos de consciencia; sin nada. Pareciese que en ese instante no contaba nada: sólo tú y yo. Pareciese que te daba igual todo. No pensaste en las futuras consecuencias. No pensaste, ni siquiera, en ese trágico final. 

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Y ahora sigues ahí, como el primer día: sin saber muy bien a qué viniste; sin saber muy bien por qué estabas allí; sin saber a qué venía toda esa maldita historia en la que me metiste y sin saber, todavía, por qué razón.  Es por esto que no puedo evitar verte cada noche. No puedo evitar irme a la cama sin ti. Sin verte sentado, perdido, pero, para nada del mundo arrepentido.

 Te veo seguro de ti mismo, como ese día. El día en que debí pedirte que te quedaras, que no te fueras nunca. El día que hubiese tenido que cerrar la puerta y acostarme contigo, entonces ya nada importaría. Todas las preocupaciones se irían. No podrías dar marcha atrás. Y ya jamás te volvería a ver sentado en mi cama cada noche…

Jamás soñaría contigo,  porque te habrías convertido en mi sueño.