Sólo un sueño…

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Me encontraba solo, caminando entre la espesa niebla rodeado de enormes y frondosos árboles, la luz del alba ya se percibía con claridad y a pesar de eso la niebla impedía ver más allá de unos pocos metros; hacía frío, un frío intenso que calaba hasta los huesos y el silencio sepulcral de la soledad oprimía el alma y llenaba el corazón de una tristeza tan profunda que mi cuerpo ya no podía más, sólo deseaba quedarme allí, ya no podía seguir caminando.

Pero algo me movía, algo ajeno a mí, algo que sobrepasaba mi entendimiento y mi comprensión, no sabía el porqué continuaba, era algo que no podía controlar, era como si algo me controlará y me moviera contra mi voluntad.

La luz del día parecía ya estar en su apogeo y sin embargo, la niebla no me permitía ver nada; llevaba tanto  tiempo caminando en ese laberinto de árboles y niebla que perdí la noción de dónde estaba, a dónde me dirigía o si mi camino por lo menos tenía algún destino.

De pronto, algo rompió el silencio, algo me despertó del letargo que la soledad y la niebla habían generado en mi mente y que me habían convertido en un sonámbulo que caminaba y se movía de manera involuntaria; era una voz, hermosa y melodiosa, una voz que comenzó como un ligero susurro, casi imperceptible, pero que con el tiempo se fue volviendo más fuerte y más claro, una voz poderosa fue llenando el ambiente llamando mi nombre, me llamaba como en un tono suplicante, pero firme, una voz tan dulce y hermosa que me hacía imposible resistirme y andar directamente a ella a pesar de no tener ni idea de su procedencia.

La voz se hacía cada vez más fuerte, cada vez más clara y seguía llamándome, y en ese momento, alcance a distinguir entre la niebla una silueta a lo lejos, una sombra borrosa a la que no se le distinguía forma, pero algo me decía que era la fuente de esa voz; mi corazón se llenó de una angustia y una ansiedad tan poderosa que mis huesos temblaban haciéndome pensar que me rompería en mil pedazos, pero no podía detenerme, seguía avanzando hacia la sombra que poco  a poco tomaba forma.

Tras varios pasos y cuando ya pensaba yo que estaba falleciendo por la angustia que esa situación provocó en mí, se develó una visión sublime y maravillosa; era una bella mujer, la más hermosa que en mi vida hubiera imaginado ver, sus rubios y rizados cabellos caían sobre su espalda y sus hombros como una cascada de oro líquido, su blanca y tersa piel sobresalía con una vestimenta color negro que apenas cubría lo más delicado de su entera figura, un vestido que invitaba alas fantasías e instintos más salvajes.

Y sus ojos, esos ojos me perdieron totalmente en un mar de emociones, verdes como la pureza del mar, al verlos fijamente pude ver el universo entero en ellos, con un destello único que iluminaba por completo la oscuridad de a niebla.

Una mirada llena de sensualidad y una sonrisa insinuante fueron mi perdición, la voz dejó de llamarme pues ya me encontraba a los pies de la diosa que en ese momento ante mi se mostraba; arrodillado a sus pies comencé a sentir una calma que me llenaba de gozo, paz, un sentimiento que nunca había sentido.

Me extendió la mano para levantarme y entonces, nos vimos, me perdí por completo en su mirada, una mirada que paralizó por completo mi alma y me llenó de una emoción tal que me costaba respirar.

Al levantarme quedaron nuestros rostros cerca uno del otro, sin decir una palabra nuestros labios como movidos por una fuerza irresistible se juntaron en una dulce y sensual caricia que poco a poco se acercaba a la lujuria; abrí los ojos que tenía cerrados desde hacía no sé cuánto tiempo y lo que vi me hizo caer en un trance indescriptible.

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Unas alas, enormes, frondosas y blancas como la nieve brillaban con un poder tal que la niebla casi era ya imperceptible, desplegadas en toda su gloria.

La visión de ese hermoso y sensual ángel que frente a mí se encontraba y el dulce sabor de sus labios me transportaban al cielo, me hacían sentir vivo, me colmaban de una dicha y una paz que simplemente no podía describir y que jamás había experimentado.

Continuábamos envueltos en la pasión de esos deliciosos besos cuando un viento fuerte comenzó a soplar, era cada vez más intenso y se ponía muy caliente, hasta el punto de quemar, abrí los ojos por la intensidad del viento que parecía llevarnos a ambos en su corriente, y la visión fue entonces atroz.

Las plumas de las alas que se movían ferozmente con el viento se habían tornado negras, como la noche, su piel seguía blanca como la nieve y su cuerpo ahora se mostraba enteramente desnudo en toda su imponente perfección, pero sus dorados cabellos se mostraban ahora negros como una ráfaga de tinieblas que cubría la mitad de su rostro y se movían con el viento; sus labios que antes eran rosa, ahora pintaban un color rojo sangre muy intenso, fue entonces cuando un dolor en mi boca me despertó de mi letargo, era sangre lo que ahora adornaba los labios de la misteriosa y sensual diosa que ante mí se mostraba, era mi sangre pues mis labios sangraban de un modo incontrolable.

Una media sonrisa adornó siniestramente su rostro mientras mantenía sus ojos cerrados y me tomó del rostro sólo para acercarme a ella y plantarme otro apasionado beso.

Me encontraba poseído por mil emociones en ese momento, era algo sobrenatural lo que estaba pasando, no tenía ninguna lógica ni explicación razonable, pero sea como sea, algo en mí me seguía repitiendo que eso me costaría la vida, que en ese beso encontraría la muerte, que mi alma se perdería por siempre; pero el placer y el deseo que ese ángel oscuro provocaba en mí, superaba cualquier fuerza o razón que hubiera en mi interior.

Abandonado al deseo, me entregué a ese beso sin importarme nada y entonces, un dolor insoportable en el corazón y un frío helado me hicieron reaccionar, al abrir los ojos, alcancé  a ver una daga ensangrentada en la mano del ángel que hasta ese momento se había convertido en la dueña de mi alma, una risa siniestra y maligna adorno el escenario de su mirada, sus ojos verdes se habían vuelto negros, como la desesperanza y el desamor y sin piedad alguna…

Batió sus alas para irse volando, a toda velocidad se perdió entre la niebla dejándome arrodillado, débil y agonizando.