Sentimiento de difuntos

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Es un día diferente, es un día diferente por la ausencia de los que no están ahora con nosotros y por la última visita al cementerio donde para mí es el único lugar donde las flores se ven hermosas, donde los colores reflejan ese brillo escondido y donde el día de muertos ha llegado para ver reunida a tantas personas entre sí.

Este día fue especial, porque caminé entre ellos, escuché pláticas sobre los gustos de los abuelos, las sonrisas finas de las madres y hasta de aquellas conversaciones nocturnas entre compadres que siempre se echaban sus copas; me colé a sentir el dolor de cada quién. Quise tomar café y sonriente me invitaron, el antojo fue porque el día estaba frío, aunque el día de difuntos siempre suele ser así, conseguí tres abrazos y dos palmadas en mi espalada, obtuve un chocolate, que el último bisnieto en la línea consanguínea me había dado.

Ya que había ido a visitar aquella tumba, alguien me dio una flor porque sonreí y dijeron que mi sonrisa era perfecta, también obtuve un trago de aquel riquísimo chocolate con espuma, creo que era uno de de una marca conocida y me supo delicioso quedándose entre mis labios.

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Recorrí tantas tumbas y venía muy cargada, muchos recuerdos esponjosos se hacían presentes, había tantas personas en ese lugar, en ese momento vi que no había distinción de clases, porque los ricos ayudaban a los pobres y los pobres no se sabía si eran ricos. Cerca de las dos de la tarde, volteé al lugar del que había salido, no había nadie esperándome y seguí con mi ronda, las charlas entre cada tumba a que me invitaban me hacían sentir alegre, lo único que sabía, era que este día de muertos sería especial.

En mi bolsa de colores traía un pedacito de cada alma con quien hablé y todos me dijeron «adiós» y me dieron las gracias por estar con ellos, este día me sentía diferente, porque a cada tumba que visité, recé con devoción, como si lo estuviera haciendo por mí misma o por mi familia y así entre los minutos de ese día precioso cuando Dios permite que los muertos salgan de sus tumbas y convivan con su familia, bailé y canté con buenos deseos.

Los minutos corrían, pero yo me sentía diferente, me empezaba a sentir llena, a saber que la convivencia que tuve en esos momentos eran una convivencia sincera, cerca de las 4 de la tarde, llegué a mi tumba a esperar que alguien de mi familia me visitara, a que me llevara el café y los dulces que me gustaban; me senté, esperé sin prisa a que si alguien me llevaba flores serían bien recibidas, hablé con mis vecinos de a lado, dos grandes señores fuertes que siempre cuidaban de mí.

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Todas las cosas que obtuve en cada tumba y que traía en mi morral de colores, empecé a sacarlas y las acomodé de tal manera en la mía que quedó deslumbrante y estaba ahí sola, como solía estar desde unos años para acá, cuando empecé a rezar por el eterno descanso de todos nosotros y por que Dios perdonara a quien me olvidó; todos mis compañeros difuntos vinieron a rezar conmigo; ese momento fue una sensación de gozo y de paz, porque cuando eso pasó, la luz del sol se estaba yendo y nuestro día de convivir pronto terminaría.

Antes de que nos despidiéramos para el siguiente año donde seguro nos veríamos sin falta, alguien me dijo:

«Así pasa cuando estamos aquí, así sucede cuando los cambios de religiones provocan ideas diferentes a nuestra propia sangre…

Pero de lo que sí estoy seguro es que nada cambiará con los que estamos aquí y con los nuevos que lleguen».