Se acabó, fue mi decisión…

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Sólo te fuiste, no entiendo porquú aun sigues callando, con ese tonto argumento de no querer hacerme sufrir, desearía tanto que tuvieras el valor de hacerme entender con verdades y ya no más palabras absurdas.

No sé cuándo te convertiste en aquel cobarde que nunca dijo adiós, pues pretendes dejar la puerta abierta por si te arrepientes, por si un día despiertas con enormes deseos de destrozar mi paz mental una vez más, como si te alimentara mi ilusión.

Pero hoy, con más razón no puedo culparte, pues yo te di esa facultad, de desarmar mi alma a tu placer.

Me pregunto siempre: ¿habré dañado tanto tu corazón? Pues no hay nada que justifique el daño que ya me has hecho.

Te he suplicado tantas veces que me olvides, que desaparezcas de una vez, pero ni siquiera me has dado el beneficio de extrañarte, de en realidad desear que vuelvas, pues siempre estas aquí, desordenando mis sentimientos sin cesar.

Esta vez, a comparación con los desenlaces anteriores, por fin la determinación fue mía. Se terminó, te acabaste, todo se consumió… Ya no hay nada en ti que ame, que anhele compartir a tu lado hasta el término de mis días, hoy he decidido que desaparezcas para siempre de mi presente.

Se terminó. Ya no eres más que una buena lección de amor.