Reencuentros: Lo que esperas sin saberlo

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Cada vez que pasa el tiempo, nos hacemos más fuertes, vemos nuestro rostro frente al espejo todos los días, vemos nuestros cambios, nuestros sueños, nuestros intentos. Nos detenemos todas las mañanas unos segundos frente al cristal antes de partir, sólo para recordarnos lo importantes que somos. En nuestros ojos podemos ver aquellos miedos ocultos, nuestras virtudes, nuestra valentía, vemos cómo son nuestras ventanas, la puerta abierta o cerrada a nuestro propio mundo.

Cuando llegas a conocer tus ojos de esa manera, cuando ves que tus ojos sonríen al igual que tu boca, empiezas a conocer los ojos de los demás, percibes en todos aquellos miles de mundos, cada uno encerrado en sí mismo; algunos abiertos a los demás, otros viviendo entre ellos, pero siempre distintos, siempre punzantes, vibrantes y cambiantes.

Pasa el tiempo y aprendes a reconocer cada mirada, cada pulso, cada guiño, reconoces cada fragmento, sabes cuándo dirán que sí y cuando se negaran a ti. El detalle se encuentra cuando vez tus ojos reflejados en otra persona, el no saber actuar ante ellos, el temor de que vea tus miedos, de que comprenda tus acciones. Entonces ahí sucede la mayor parte de las veces que esa persona cree lo mismo que tú, pero ambos lo ignoran, encerrados cada uno en su mundo, que al final es el mismo mundo; deciden algo, se callan, se quedan quietos y aguantando la respiración, se dirigen las palabras, algunas veces entrecortadas y a bocados.

El tiempo vuelve a tomar su rumbo y como siempre es la solución a los momentos, es quien dirige el norte en la vida, quien nos lleva por ahí sin saber la dirección. El tiempo se encarga de hacer que esas dos miradas puedan entenderse, que aprendan a conocerse,  a sentirse tranquilos estando juntos, a dejar de esquivarse, a dejar de ignorarse por no encontrarse.

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Lo curioso es que sin que ellos se den cuenta llegarán a encontrarse, sin querer realmente hacerlo, podrán ver cómo  cada palabra se entrelaza poco a poco, hasta formar algo grande, hasta formar cadenas pesadas que impedirán que vuelvan a separarse. La vida cambiante, constante en su tiempo, en sus almas, decide reencontrarnos con aquellos ojos en un tiempo adecuado, en un lugar estratégico, en un momento de  nuestras vidas único, en el cual nada podrá hacer que pierdas ese encuentro, pues sucederá quieras o no.

Es así como todas las noches nos dormimos pensando en encontrar ese par de ojos brillantes, de ojos que llenan y que motivan a ser mejor, de aquellos que te reflejan y te hacen despertar de nuevo. Es así como pensamos en el reencuentro. Lo mágico siempre será que, el día en que no lo pensemos llegara el momento…

Aquel único que esperamos durante nuestra vida.