Promesas no cumplidas

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Laura hizo una publicación aquella tarde, siempre supe que ella tiende mucho a reflexionar sobre los acontecimientos importantes de la vida (o que para ella no deben pasar desapercibidos); me di cuenta que tenía razón, una vez más. Habló de las promesas, y recordé cómo tantas personas habían jurado, perjurado, prometido y asegurado que estarían ahí, conmigo, sin importar las circunstancias.

Recordé con sus palabras cada instante de mi vida como lo iba enunciando: la infancia, en la cual cruzamos los meñiques; la adolescencia, cuando juramos a nuestros padres para obtener algo; la juventud, cuando ya hemos desprestigiado tanto las promesas que no importa a quién las hagamos, con tal de tener cuanto queremos; y bueno, de mayores siempre prometemos cosas que sabemos que no podremos cumplir del todo, como eso de no llegar tarde al trabajo.

¿Se nos podría llamar mentirosos? A final de cuentas, terminamos sin cumplir estrictamente las promesas que hicimos, las saltamos, nos excusamos, somos un manojo de falacias, palabras vacías, traiciones, hasta cierto punto.

Pero, ¿cuándo dejó de importarnos todo cuanto prometíamos? Tal vez cuando vimos que era fácil hacerlo sin afrontar las consecuencias, cuando los mayores te decían que te regalarían lo que querías, lo juraban vehementemente,  luego «olvidaban» todo; y podremos seguir preguntando cómo acabamos sin saber por qué ya no se respetan las promesas, porque en tiempos antaño era el prestigio de las personas el que estaba en juego cuando daban su palabra de hacer algo y realmente lo hacían.

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Ahora las promesas son una manera de ganar confianza, aun cuando sabemos que a muchos ya no les es efectivo ese método, porque ya no son reales y ponemos nuestro empeño en que sean ciertas, nos desespera que nos olviden con promesas que ellos mismos han formulado para mantenernos en alguna situación.

Tal vez deberíamos prometer cosas que podremos cumplir, no esas de cuando estás enamorado y dices «Te amaré por siempre»; «Juntos de aquí al altar» o «Ni la muerte podrá separarnos». Porque terminan las cosas tan de pronto que no tienes ni tiempo de reclamar al mundo por hacerlo así. Tal vez sólo deberíamos decir cosas lógicas o pensar cómo puede ilusionarse una persona con palabras tan sencillas, que usualmente llevan la palabra promesa conjugada en cualquiera de sus formas; tal vez no deberíamos acostumbrarnos a que fallarán cuando dicen «Prometo«, porque puede dolernos más la ilusión rota que darnos cuenta que, muy en el fondo, ya conocíamos el final.

Aunque no todas las personas prometen sin cumplir, sería mejor que pudiésemos saber cuando va en serio y cuando es una mentira la promesa que nos lanzan las personas.