Porque sí te puedes casar con tu mejor amigo. Parte II

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Todos los lunes nos sentábamos en medio de los edificios de la escuela, en unas jardineras que estaban al centro, sin sombrilla ni sombra, así en pleno sol nos sentábamos a fumar y a platicar qué tal nos había ido el fin de semana; me contó que su novia había conseguido un empleo, que había entrado de auxiliar de contador en un despacho público, se le notaba poco entusiasmo al contarme la noticia y lo deduje de inmediato.

Él era un chico de clase media, que si estudiaba era porque él mismo se generaba el patrocinio, había demasiados gastos en casa como para preocuparse por buscar el bienestar académico, entonces él hacia su esfuerzo, pero no era suficiente como para procurar detalles a su novia o bien, para invitarla cada ocho días al cine o a tomar un café. Un día me comentó que estaba ahorrando para comprar unas botas que a su novia le habían encantado, a lo que yo respondí: ¡Pues que se las compre ella! él estaba muy ilusionado en el acumulado que llevaba y por más que yo lo corrompía diciéndole que nos gastáramos ese dinero en cervezas, él rotundamente me decía que no, que ya le faltaba muy poco.

Era muy obvio lo que se avecinaba, ella en un despacho con contadores titulados, solteros y con una quincena que los respaldaba y él matándose todos los días entregando sus trabajos de las materias de ingeniería, era muy obvio que ella se iba a deslumbrar y yo se lo pronostiqué, le dije: ¡Aguas, que te van a cambiar! Amigo, ten cuidado con ese compañero que es muy amable con ella, porque te la van a bajar.

Y así fue, no duro más de un mes cuando muy triste sentado en la jardinera fumando su cigarro mirando al suelo, me lo contó, me dijo que había tenido razón, ella le había pedido tiempo para que conocieran otras personas; que si su destino era estar juntos, con el paso del tiempo éste los iba a unir otra vez. Me entristecí mucho, porque él no se merecía eso, merecía una chica linda que supiera valorar todos sus esfuerzos y yo… Yo tampoco era esa chica linda, seguramente le hubiera hecho lo mismo.

Lo mejor de todo, era que los viernes nos íbamos a echar unos tragos, siempre pagaba yo o pagaba mi novio, el que estuviera en ese momento pagaba la fiesta de los tres, lo llevaba a su casa y se encargaba de llevarlo hasta la puerta sano y salvo, un poco ebrio pero a salvo. Cualquiera hubiera pensado que qué trastada tan vil les estábamos jugando él y yo a la persona que estuviera ocupando el título de “mi galán”, pero no era así, yo sólo veía en él un hombre sensible en quien podía confiar y que además me ayudaba a estudiar para pasar mis materias de matemáticas.

No sabía que el destino nos tenía preparado algo muy divertido, algo que nos marcaría para siempre, no sólo a mí, sino a todas las demás personas que se cruzaran por nuestro camino.