Porque sí te puedes casar con tu mejor amigo. «Miedo a cumplir su palabra»

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Pues resulta que sí, que sí accedí a intentar algo, íbamos a ver qué salía de esa noche tan arrebatada, que tan mal sabor de boca había dejado en mí; quería probar sus besos sin ningún estimulante como el alcohol, quería verlo cerca de mí sin que me mareara tanto acercamiento.  Así que decidí que si iba a salirme completamente de mis parámetros de conquista, debía quedar todo claro, para que después no nos lleváramos sorpresas, por lo tanto lo senté en una mesa de cafetería, con una baguette y un capuchino de crema irlandesa…

Pero hay que recordar que él seguía con su novia y yo no sería su amante, pensé que sonaría cruel, pero yo quería saber cuándo terminaría con ella, estoy segura que todavía no estaba convencido, finalmente ella había estado con él por lo menos desde hacía siete años; fueron juntos al kínder y eran vecinos, era el estereotipo de novia muy femenina, muy correcta y siempre en casa, tomaba Baileys como digestivo y jamás se emborrachaba. Entonces yo la tenía difícil, no porque ella fuera competencia, sino que yo me estaba enamorando y enamorarse de alguien comprometido, siempre es sinónimo de sufrir.

Así que llegó el día del cuestionamiento; él muy cortés me dijo que sí terminaría con ella, pero que le diera tiempo, que ella se mudaría de casa y que él debía ayudarla, entonces una vez que se mudara, hablarían y sería la oportunidad para terminarla. Sin embargo nosotros no dejábamos de vernos, diario nos encontrábamos en el metro, nos abrazábamos como si la espera hubiera sido larga, nos llamábamos y nos mandábamos mensajes como dos enamorados desesperados esperando que la distancia se acortara, pero demasiada indiscreción empezaba a resultar en estragos, nuestra imprudencia lo estaba desconcentrando y estaba cometiendo errores, cada vez era más evidente su distancia hacia ella y lo notó.

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El día de la mudanza ella le pidió ayuda, pues  su tío estaba levantando solo el sillón, él muy comedido dejó el celular en sus manos y se fue a cargar el sillón…

Cuando regresó, ella estaba enfurecida, pues había revisado el teléfono y a él se le había olvidado que tenía una amante, que sus mensajes no eran ya de amigos, eran de esa amante que se estaba enamorando y había sido atrevida, recordándole la noche cuando fumigados por la cerveza habían hecho un acto de amor y él no los había borrado.

Ella hizo lo que cualquier mujer decepcionada haría, lo que cualquier mujer segura de sí misma hubiera hecho, mandarlo al diablo, pues ninguna mujer es digna de ser plato de segunda mesa; pero antes de que él se diera la vuelta pensando en que ya le habían ahorrado el trabajo, lo detuvo, en menos de cinco minutos le dijo que lo perdonaba y que adelantaran los planes que tenían para dentro ocho años…

Por Dios… Yo nunca había hecho planes a tan largo plazo y menos con un novio, pero ella sí los tenía, su error fue haber creído que él estaría ahí para siempre, no pensó en que la vida no es recta ni plana, necesita su vaivén, necesita una emoción, una incertidumbre, un miedo, pero sobre todo no dar nada por hecho.