No me dejas ir…

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Los días están llenos de recuerdos, hace varios meses que no me atrevo a abrir un libro. ¿Será que temo encontrarme con un personaje idéntico a mí? Solía pasarme cuando me sentía plena y feliz, sin embargo, sabía disimular bien y pasar desapercibida ante mis propios pensamientos.

 ¿Acaso existirá algún lugar en este universo en donde nada se relacione con tu existencia? Es que después del paso de tantos años, todo estaba conectado intergalácticamente contigo, con tus rosados labios y esos miedos tejidos entre tus sueños absurdos, mismos que tanto temor tenías a explicar en voz alta.

Sabía todo de ti o al menos eso me hacías pensar, éramos confidentes en cuerpo y alma, éramos la cárcel que juntos habíamos decidido armar. Juntos nos convertíamos en rebeldía y pecábamos mientras nos escondíamos detrás de la puerta, en silencio.

Nuestros pensamientos se unían por medio de destellos solares, los días pasaban sin sentirlos… Aún no entiendo en qué momento decidiste arruinar mis ideas de la perfección, me cuestiono de manera atroz acerca de las señales que seguro entregaste, mientras yo me encontraba dichosamente enamorada, me mantengo insistente ante la duda de tus silencios dramáticos, de esos pretextos.

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Han pasado tantas horas después de tu partida y sigues en mi mente, en los recuerdos que ya acepté que jamás partirán pues intenté arrancar de tajo y sólo rasgaron más las vestiduras de mi alma, por lo tanto, decidí tomarlos reteniéndolos en la burbuja de cristal que me trajo de regreso a casa, se quedaran aquí, junto a mí y al peligro de que alguien los encuentre.

Cada mañana me miento acerca de que ya no estás más, cuando en realidad pienso en dónde podría encontrarte, si tal vez tu corazón logró encontrar paz, si al fin en tu cabeza ya se encuentra alguien más.

Todos los días estás presente, mientras tu alma y sus susurros me arrullan al anochecer, las promesas de eternidad sellan el pacto que ambos creamos aquella noche fría…

Donde me condenaste a tu recuerdo.