Murió el mañana…

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Cuando tengo pocas cosas que decir, lo digo todo… Tal vez por eso mi cabeza queda vacía pidiendo a gritos unas escasas frases llenas de ternura que sean lentas en llegar al corazón de esas que perduran una eternidad.

Y la única verdad existente es el no creer, no ser iluso, tener piedad ante el momento que aún nos queda, sintiendo aquellas huellas que tanto regocijo te hicieron sentir, que hoy te asesinan con cada paso en falso, con cada letra hiriente.

No se siente soledad, se siente multitud desconsolada o perdida, olvidada en todas las promesas que nuestro Dios nos hizo.

Es interior, algo individual, sumamente  personal. El sufrimiento se aferra al cuerpo, aprendes a llorar en silencio, sin lágrimas. Somos como hojas que el viento cambia de lugar como rocas, tan diferentes, tan iguales, con tantos deseos de cosas imposibles que la ambición que nos vuelve irreales, tontos de buscar siempre lo que jamás se podrá crear.

Mis ideas cambian conforme los días, los meses, las personas que van y vienen pero sobre todo por las que se fueron y jamás regresarán. Nadie es indispensable, pero te acostumbras a su presencia, a su aroma, a la idea de lo que uno «debe» ser y es cuando te das cuenta que ya estás inmerso en el parámetro absurdo de una sociedad asustada, dolida.

Ya no estoy buscando un amor sincero y para siempre pues hoy confirmé que eso no existe.

No me importa ir contra corriente.