¡Muchas gracias por romperme el corazón!

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Hace ya tres meses que te fuiste y a mi mente llegan los recuerdos de aquella primera vez cuando sonreíste franca y sinceramente, cuando me miraste y sin saberlo ese sería el inicio de una fugaz pero intensa relación.

El sonido de tu voz endulzó mi oído, tus palabras se convirtieron en algo más que letras sin sentido y cuando menos lo imaginé tu sonrisa me estaba haciendo sonreír a mí también.

No puedo describir la emoción tan inmensa que se apoderó de mí al descubrir tus ojos brillando en medio de la noche, sólo sé que mi corazón en el fondo se alegró de aquel mágico hallazgo, de ese extraño pero bello coincidir.

Pasó el tiempo y sin vislumbrarlo nuestros espacios de ocio se convirtieron en el lugar perfecto para compartirnos, para tomarnos de la mano, escondernos de la gente, ir al teatro, caminar por las calles, mirarnos fijamente, ver películas, escuchar música, cantar juntos, contar historias, comer paletas de hielo a mitad de la madrugada, reír sin sentido, alegrarnos la vida, desnudar el alma… ¿Sabes? creo que cuando trato de recordar todas y cada una de las cosas que hicimos juntos siento que se me escapan algunas, y hasta tengo la ligera sensación de que al pasar de los meses he comenzado a olvidar detalles de lo que fue; quizás en el fondo mi cuerpo trata de protegerse de esa terrible depresión que comenzó desde el día que te fuiste de mi vida.

Conforme ha transcurrido el tiempo trato de no pensar en ello, intento borrar de mis recuerdos el instante en el que me hiciste saber que ya no era posible seguir caminado juntos, que tendrías que soltar mi mano para que yo continuara el camino por mi propio pie; tal vez es por esa razón que aún no puedo asimilar que no estés a mi lado, que te hayas ido para no regresar y no entiendo  ¿en que instante fue que sucedió?, ni de qué forma te esfumaste de mi vida, te alejaste de mí y transformaste el horizonte donde habitábamos dos para convertirlo en lugar de uno.

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Alguna parte de mi mente que aún no logro reprimir piensa en ti con gran afán, con la ilusión y la esperanza de que al pensarte intensamente pronto salgas de mi corazón. Desearía te quedaras sólo como un recuerdo de algo que fue y sucedió para no volver, para no retornar jamás a mis pensamientos, a mis noches de insomnio y  terribles pesadillas.

Desde que te fuiste te encuentro en cada espacio que recorro, en cada parte que frecuento, en cada persona que veo, en cada olor que percibo, en cada sonido que oigo, en cada canción que escucho por la calle. Estás aquí en el instante justo de morderme las uñas compulsivamente, en el preciso momento en que me miro a través del espejo; incluso cuando una lágrima se desvanece rápidamente por mi mejilla y creo que es poco cuando digo una, porque la verdad es que desde que no estás mis ojos se han llenado con millones de ellas a distintas horas, en diferentes días, no importando si afuera hace sol, frío, está nublado o el cielo se cae a pedazos a mitad de una tormenta.

Me he prometido a mí misma que sería fuerte cuando te viera partir y de verdad lo he intentado, me repito a cada instante que el dolor pasará y que pronto estaré mejor, que las heridas sanarán.

De pronto un hueco inmenso se apodera de mi ser y me descubro una vez más llorando por ti, deseando que estés aquí para reírnos como antes, como cuando me querías y la vista se te iluminaba al verme.

Hoy tras noventa infinitas e interminables noches he decidido borrarte para siempre del lugar donde te alojas en mi cuerpo y ponerle punto final a esta historia. Desde ahora ahogo tu recuerdo con un poco de odio que me haga más llevadero el dolor, que me facilite el proceso de dejarte ir y sacarte por completo de mi vida.

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Me miro a mí misma y redescubro mi propio valor, recupero mi dignidad, esa que creí perdida cuando te alejabas a la distancia. Recojo mi herido corazón del suelo, ese que pisaste en innumerables ocasiones y lo coloco cerca de mí, de mi cuerpo, lo reconozco como mío y una parte más de mí; le doy nuevamente la bienvenida a mi vida y gracias a él soy capaz de levantarme, de despertar de mi letargo. Me pongo en pie, salgo a la calle y busco allá afuera esa vida que tenía antes de ti, todo ese montón de metas y de planes personales que dejé tirados en alguna banqueta, quizás en algún basurero. Olvidé recogerlos  mientras estaba contigo, viví tu vida, hice de tus sueños los míos, me cancelé por completo, me dediqué en cuerpo y alma a ti.

Creo que después de todo cuando te fuiste me dejaste un gran regalo, el de reencontrarme conmigo misma, el de poder verme tal como soy, de descubrir mi propia fuerza interna y darme cuenta que no necesito de ti para que me protejas y cuides a cada instante. Sin imaginarlo tu despedida me otorgó la fortaleza que necesitaba para aferrarme a lo que quiero y para no permitir que nadie más me arrebate mis propias ilusiones.

Gracias a ti ahora yo  puedo abrazarme a mí misma y decirme que todo estará bien, que dentro de poco el dolor se acabará por completo, el color regresará a mi cuerpo, las sonrisas formaran parte del diario transcurrir y el sol se dibujará nuevamente brillante sobre mi horizonte.

«Gracias por romperme el corazón».