Mi madre, mi guerrera…

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 Mi guerrera: Perdiste la batalla, mas no la guerra…


Como olvidar aquél día que dejaste de habitar la Tierra y te convertiste en una brillante estrella. Estabas ahí recostada en tu cama, tranquila, consciente, sonriendo. Ya lo sabías, ya lo presentías y por eso tu actitud. Y es verdad que cuando uno se resigna encuentra un poco de paz y esa abundaba en ti ese día. Llevabas más de cuatro años luchando contra esa terrible enfermedad (cáncer). Recibiendo en cada internamiento, una gran cantidad de medicamentos y resistiendo toda clase de tratamientos (quimioterapias).

Eso te desgastaba, pero no te rendías. Ya estabas cansada se te notaba en la cara, sin embargo no decías nada, lo ocultabas detrás de una falsa y desganada sonrisa, manteniendo tu ya conocida actitud positiva. Confieso que a veces no podía mirarte a la cara por temor a romper en llanto, no quería que me vieras así, por eso de vez en cuando me salía de tu cuarto y regresaba sonriendo para darte ánimos. Siempre lo hice, aunque por dentro me estuviera rompiendo en pedazos, aunque por dentro me estuviera muriendo.

No sabes cuánta impotencia sentía al verte consumir poco a poco, día a día. Eso era lo que mas me dolía, verte postrada en una cama, y no poder hacer nada para que sanaras, no poder calmarte el dolor, no poder hacer algo para que te sintieras un poquito mejor. Sé que luchaste hasta el último momento, pero lentamente se fueron apagando las luces de tus ojos, te fuiste rindiendo, fuiste perdiendo la batalla, lentamente fuiste perdiendo la vida. Recuerdo que me dijiste que el cáncer sólo lo curaba Dios y es por ese motivo que decidió llevarte; para sanarte. Sé que ya estás descansando, que ya no sientes dolor, angustia, ni temor. Sé que por fin ya estás mejor.

Hoy a casi dos años del día de tu inevitable partida. Te escribo estas líneas para decirte lo mucho que espero el día que te pueda volver a ver. Te escribo para contarte todo, que te he extrañado, que me han hecho falta tus abrazos, tus besos, tus consejos, y hasta tus regaños. Te escribo para darte las gracias por darme la vida, por todos los momentos, por lo que hiciste por mí, por lo que me enseñaste, por lo que me diste, por todo el amor que me brindaste, por ser la mujer más fuerte, valiente y admirable, por ser la mujer de mi vida. Pero sobre todo, te escribo para darte las gracias por ser mi madre, mi guerrera…

Y para recordarte que aunque hayas muerto, vives en mi corazón.