Me encontraba terriblemente sola y entonces apareciste tú…

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Me encontraba terriblemente sola.
Terriblemente.
Sola.
Y entonces tú…
Terriblemente.
Tú…
Dispuesto a ponerme el mundo patas arriba y el vientre como una noria. Yo estaba acojonada, te juro que estaba acojonada pensando que iba a dejarte pasar, que iba a ser capaz de matarme otra vez. Que esa noche me cepillaría los dientes sin mirarme en el espejo y me iría a la cama tiritando sin poner la alarma en el móvil. ¿Quién se pone la alarma cuando no sabe cómo vivir? Con todo el cielo encapotado asfixiando el oxígeno de mi cuarto, con todas las nubes -tan grises, tan feas- amontonándose sobre mis sábanas. Destapándome para mostrarme débil ante el silencio, rey en la noche del Miedo. Riéndose de mí con sus carcajadas huecas haciéndome salivar la angustia. Jugando a las tinieblas y yo escondiéndome, asustadiza, sabiéndome inútil como la oscuridad escondida es la oscuridad misma. Y en mi cabeza la colección de gritos de un mudo:

Duérmete, duérmete, duérmete.

Si hubiera empezado a llorar posiblemente habrían anunciado Diluvio Universal en la televisión. No podía concentrarme en ninguna canción que no sonara deprimente o triste, porque en momentos así, lo más feliz o alegre o alocado te parece una broma de mal gusto. Te recuerda que estás sola entre un montón de gente feliz que escucha música feliz. Es demasiado irónico como para fingir.

Me quedé mirando el reguero estrechito que se despedía de su tierra fértil desde el cuadrante de la casa de un árbol que debía de ser un fresno o un arce o cualquier árbol que me hubiese inventado en ese momento. Y entonces Rayuela me habló, me habló con la voz de su dueño. Cortázar me miraba y yo no sabía si me hablaban sus ojos fijos y su corazón afluente o si lo hacía su corazón fijo y sus ojos fluyendo… Como desde un gran océano, viniendo a desembocar a aquel parque para encontrarse conmigo, que era la nada y su eco a la vez. Dijo:

-Ella nada los ríos…  Yo los describo.

Hablaba de la Maga, cómo no. Y volví a mirar el reguero, a la piedrecita gris que había en mitad del reguero. Dije:

-¿Pero cómo describir lo que no se ha vivido?

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En cuanto a ti, tenías otros planes.

No hacía falta mirarte para saberlo. Yo te estaba sintiendo a lado y tenías otros planes. Con algo más de sol, con algo más que un invierno para otro invierno y un adiós para un suicidio. Como si tu corazón fuera un oráculo, hiciste aparecer el arca de Noé para poner en el la esperanza que me faltaba: extrapolaste mi dolor en una cerilla en mitad de la noche, como aquella frase de Nietzsche que decía que tiene que haber caos en uno mismo para dar a luz una estrella danzante. Te comiste entero mi llanto hasta dejarme sin excusas: con mi palidez inválida mirando el cemento: la retina empañada y una telaraña de agua en mi boca. Y tú ahí, como diciéndome:

¡¿Estás viva?!, y yo allá -mucho más lejos- ofreciéndote mi perfil ausente.

Iba a hacerlo. De verdad. Iba a dejarte pasar. Pero tú no me dejaste. Tu corazón me acorraló como un abrazo afónico. Tanta era la pérdida que viste en mis ojos. No dejaste que me incendiara una vez más. Empecé a quererte por cosas así:

Por luchar por mí desde mi llanto,
por llorarte un río y devolverme mis ojos a los tuyos,
para sostenerlos un poco más
para darme cuenta, al fin
de que en tus ojos
estabas conmigo.