Más verde que cualquiera

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Mentiría si te digo que no recuerdo a la perfección el día en que te vi por primera vez; fue un veintiocho de Junio, durante una lluviosa y anticipada mañana de sábado, mientras los estragos de otra borrachera y un terrible desvelo afectaban mi sistema y muy probablemente mi rendimiento en el examen que estaba por presentar, sin embargo el verde que expedía tu vista me hizo reparar en tu persona.

Estaría inventando si te dijera que me he olvidado de nuestro segundo encuentro, pero sé que tuvo lugar un seis de Agosto, en medio de una calurosa y lenta tarde de miércoles, cuando aún los rayos del sol molestaban a más de un transeúnte, que agobiados por la constante persecución de la irradiación solar buscaban refugio en aquél edificio, donde mi mirada se perdió nuevamente en tus ojos tan verdes.

No queda decirte que tengo borrosa nuestra tercera aproximación, pues tengo muy presente la mañana de aquél once de Agosto y la forma tan sutil en que tropecé con tu mirada y con un verde pulóver, que rodeando tus hombros bajaba hasta tu cintura, invitándome a sentarme muy cerca de ti y de tus pupilas, que muy atentas se posaban en los detalles del recinto en que nos hallábamos juntos por primera vez.

Describir entonces los acontecimientos consecutivos podría resultar un tanto reiterativo, pues en los días siguientes comencé a saludarte, a procurar acercarme a ti para conocerte, a entablar con cierta frecuencia en nuestras sobremesas de mediodía la misma pregunta: ¿Por qué no íbamos juntos en el mismo verde camión, si salíamos a la misma hora? Mientras los espectadores de nuestra cotidiana interacción, fundaban cuestionamientos relacionados a nuestros constantes acercamientos, cada vez más manifiestos.

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Faltaría yo a mi memoria si negase aquella tarde del diez de Septiembre, cuando hablábamos en uno de los blancos pasillos, sobre las redondas mejillas que enmarcan tu linda sonrisa, cuando señalaste que a pesar de su blancura, el rubor siempre acompaña su contorno cuando te veía de esa manera tan dulce, supuse entonces que no faltaría color en ellas cuando una caricia salió expulsada hacía tu rostro, quitando el verde listón que sostenía tu cabello y que tanto estorbaba a mis manos.

¿Qué sería de la mentira sin la verdad? Pues no podemos olvidarnos de las muchas veces que le mentí al mundo argumentando que no estaba, mejor dicho, no estoy enamorado de ti y de esa verde luz que acompaña tu mirada cuando la posas en mi persona; cuando insistí de manera concisa en que el beso que puse en tus mejillas fue sólo un gesto de cortesía y que el suspiro que lancé tras tu partida aquél sábado no era más que un símbolo de cansancio.

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¿Qué pasaría con todos tus poemas? ¿Con todas tus canciones? ¿Con todos tus dibujos? Siempre le hablo a los papeles de un pulóver verde, siempre le canto a los asientos vacíos del mismo bar, una canción sobre una rubia que tiene un Peugeot color verde, siempre coloco en un bloc de dibujo un verde muy frío en el espacio de tu mochila, siempre aparecen en mis sueños unos ojos muy verdes…

Mentiría si te dijera que no existe algo que me recuerde a ti, pues a diferencia del resto, tú posees un color, que sin importar el tono, me sirve para tenerte presente a lo largo del día…

Por eso tú, eres más verde que cualquiera.