Los rasponcitos en el corazón…

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Recuerdo cuando intenté andar en bicicleta, fue toda una experiencia para mis rodillas, no olvido las tardes que mi papá y mis hermanos intentaban enseñarme, cuando al fin lograba dar algunas vueltas sin perder el equilibrio venía la parte difícil, dar la vuelta y era ahí donde terminaba por saludar al suelo; recuerdo que mis hermanos corrían a ayudarme pero era tarde, ya me había raspado las rodillas, me levantaba me limpiaba, un curita y listo, venía la segunda ronda. Con el paso de los días las caídas iban disminuyendo, hasta lograr dominar por completo el volante, las vueltas eran un poco más seguras y bingo reto superado.

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Aunque las marcas en mis rodillas no opinaban lo mismo, ellas seguirán ahí un par de años más.

Lo mismo sucede con el corazón, queremos aventurarnos a conocer a nuestro príncipe azul, o rojo, amarillo o verde no importa de qué color sea siempre y cuando pueda amar y me haga sentir eso de lo que todos hablan «las mariposas en el estómago», todo comienza despacio las mejillas sonrojadas a la hora del primer beso, las manos sudando de nervios por verlo, el suspiro profundo después del la despedida ¿cuántas no soñamos con ese príncipe? que si bien no es azul le buscamos un tono parecido o total que más de el color siempre que me haga sentir esas mariposas.

Hasta que viene las vueltas, los  cambios, las desilusiones, las caídas, los rasponcitos en el corazón, en las que quisiéramos que papá, o mamá o alguien corriera ayudarnos para no lastimarnos o que nos ponga una curita que quite el dolor y sane la herida.

Lamentablemente no es así, estas heridas no son nada parecidas a las de una caída, nos harían un gran favor la vida que fuera así,  pero no, la vida es así, caer salir lastimado, levantarte, volver a caer y levantarte de nuevo y no importan cuántas veces nos desilusionen o nos fallen las personas a nuestro alrededor,  tenemos que levantarnos una y otra vez para poder crecer, aprender y sobre todo entender porque eran necesarias tantas despedidas y caídas en nuestro andar.

Muchas veces quise ser niña de nuevo, volver a esa época donde aprendí a pasear en bici, era menos doloroso y sabía que en un par de días sanaría y sólo quedaría la cicatriz.

Jugaron con mis sentimientos, muchas veces, me dijeron te quiero por error, por diversión, por emoción. En ocasiones me engañaron, jugaron con mis sentimientos, me mintieron y me vieron la cara, se burlaron de mi amor y no me valoraron.

Cada herida dejó una cicatriz pequeña o grande, no importa el tamaño, el daño era en el mismo lugar, y no importaba cuántas veces quise evitarlo siempre sucedía de una u otra manera.

Quise quedarme en el suelo por miedo a ser herida de nuevo, pero recordaba cómo a pesar del dolor que sufría el andar en bicicleta, me levantaba para dar una vuelta más y fue así me levanté y volví a caer, me curaba y volvía a salir lastimada, pero siempre ME LEVANTÉ; porque no todo es temporal, no todo dura para siempre.

Entendí por qué los rasponcitos en el corazón eran más doloroso que los de mis rodillas, entendí que cada caída, me enseñaba a darle la vuelta a la página de mi historia, que sólo eran fragmentos enseñándome a darla la vuelta y seguir escribiendo, que cada raspón era el inicio de un nuevo comienzo.

Que la cicatriz estaría ahí por un tiempo, pero no iba a doler para siempre, los raspones en mis rodillas me recuerdan que al final de cada día me hacia experta en esa loca aventura de manejar una bicicleta y ahora comprendo que los rasponcitos en el corazón, me enseñan que quienes me lastimaron no fue con mala intención, al contrario era CON TODA LA INTENCIÓN de que me aferrara a encontrar al príncipe azul y así descubriera que si hubieran valido tanto la pena como pensaban seguirán en mi vida.

Los rasponcitos en el corazón nos recuerdan por qué ciertas personas no pudieron quedarse en nuestra vida. Le dejaron libre el espacio al príncipe azul o del tono que sea para ocupar el lugar donde corresponde mi corazón.