La primera vez entre tus brazos…

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«Me bastaba estar entre tus brazos para saber que eso era la felicidad y que no volvería a repetirse, no de esa forma». Cladny

Era una noche de primavera, salíamos por segunda vez, aún era temprano para regresar a casa, así que te pedí me tuvieras un tiempo más contigo. No dudaste ni un segundo en aceptar mi propuesta.

Recorríamos la ciudad en tu auto, la música sonaba en el estero mientras conversábamos de nuestros peores gustos alimenticios, era una charla bastante tonta, pero ambos estábamos riendo como si fuera el chiste más gracioso del mundo.

Comenzaba a notar que el tiempo contigo se me pasaba bastante rápido. Solías decir cosas graciosas todo el tiempo, y aunque no fueran así, yo me reía de forma natural.

Me hacías sentir tan tranquila que me asustaba el sentirme de aquella manera, pero realmente no quería que dejarás de hacerme sentirme así.

Aquel día habías mencionado lo extraño, pero agradable que te parecía mi vestimenta tan colorida, ya que no suelo utilizar colores oscuros en mi ropa, siempre he preferido esos colores vivos. Ciertamente no supe si tomar tu comentario como un cumplido o como una crítica, pero con el tiempo aprendería que mi forma de vestir, era una de las cosas que más te gustaban de mí.

De un momento a otro, llegamos a un pequeño parque, había estado en él, años atrás porque mi mejor amiga vivía a unas calles de ahí. Por ser un sábado por la noche, lógicamente estaba prácticamente vacío, a excepción de una pareja de adultos mayores que daban su caminata nocturna.

Nos sentamos en la banca justo enfrente de donde estacionaste el auto, yo traía conmigo una bolsa color menta, comenzaste a preguntar que tanto podría traer en esa bolsa, la hice un poco de suspenso y luego te mostré mi labial, espejo, cartera y un pequeño cepillo para el cabello. Te reíste de mí porque la bolsa era demasiado grande para las cosas que traía. Comencé a darte pequeños golpes en el brazo, tú seguías riendo como un tonto.

Luego de unos instantes, comenzamos a conversar sobre tus deseos de ir a trabajar a otra ciudad, como la pasabas en tu actual trabajo, que era lo que yo hacía en la universidad, así como lo que quería lograr a través de mi carrera.

Pocas personas me impactan de verdad, y menos me gustan para conversar, pero tú parecías ser un buen conversador, me estabas impactando también. De hecho, no podría imaginar tener una mejor noche de sábado, que estando ahí contigo, conversando bajo las estrellas que comenzaban a aparecer en el cielo oscuro.

En medio de nuestra conversación comenzó a hacer un viento helado, cosa extraña para ser primavera pero el clima, se estaba volviendo muy loco ya en esos días.

Te quedaste mirándome un rato antes de echar a un lado mi bolsa que se interponía entre nosotros, la quitaste de ahí, te acercaste poco a poco y me abrazaste poniendo de excusa al viento. Al principio no sabía si corresponder ése abrazo, no me había planteado la posibilidad de que quisieras hacer eso o que yo lo quisiera.

Al final cedí a ese abrazo, el cual se sintió tan acogedor, tan lleno de una tranquilidad hasta ese día desconocida para mí. Aquella primera vez entre tus brazos volví a sentirme segura, con confianza en querer a alguien.

Con el tiempo tus brazos serían ese refugio donde encontraba una de mis mayores dosis de felicidad.

Había estado tanto tiempo diciéndome que no estaba lista para tener una relación, que mi corazón debía sanar sus heridas del pasado y cuando eso ocurriera podría volver a amar a alguien sin heridas aún sangrando.

Hasta aquel momento seguía atesorando recuerdos amargos, pero fue tu abrazo, el estar entre tus brazos me hizo sentirme liberada del pasado.

Ya estaba lista para volver a amar alguien y ése alguien eras tú.

Aquel abrazo fue y sigue siendo el más perfecto de toda mi vida.