La perla en el desierto

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Alguna vez, cuando estuvo a punto de perderla, comenzó a susurrar a su oído que la amaba y que era su mayor tesoro. No supo bien cómo esbozó aquella paradoja y sin dudar la cantó para ella.

– Una perla en el desierto es un milagro de la vida – comenzó a decir -, porque es prueba de que alguna vez hubo un inmenso lugar lleno de ellas, ahí, en donde ahora hay soledad, desierto, polvo… Encontrar una perla en el desierto – continuó – es también el mayor obsequio que puede tener un hombre que vaga sin rumbo por un amplio terreno. Algunos pueden verla desde la distancia y apoderarse de ella en cuanto la alcanzan entre la arena ardiente, la toman, observan por largos periodos la nueva adquisición y luego la llevan a su lado, mostrando con orgullo lo que es suyo; en cambio, otros las encuentran molestas, pues al caminar se introduce una en su zapato, y no los abandona hasta que desechan la arena que las acompaña, sin notar que están ahí, hasta que, con un pequeño suspiro del viento, las miran entre eso que desprecian, las mantienen en un espacio propio para ellas y las atesoran.

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He aquí una disyuntiva: aquellos que la encontraron pueden hacer dos cosas con la perla: 1) Mantenerla a su lado hasta que mueren, denominándolas su más preciado tesoro; o 2) Cambiarla en un momento de histeria y locura por una baratija cualquiera – Espiró -. No planeo cambiarte por nada del mundo, ni por aquello que brille más que tu belleza, porque eres esa perla que encontré en el desierto – terminó.

Tiempo más tarde encontró a una mujer puritana, algo desaliñada, pero que le satisfacía, así que olvidó por completo a quien le había regalado tantos momentos de dicha, a quien le vio llorar por vez primera, y ella, encontró mejor consuelo en la soledad, a quien entregó su vida sin cansancio.