La muerte que trae consigo vida… ¡Lee esto, te encantará!

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El viaje por el pasillo desde la recámara hasta el jardín, fue el más difícil de toda mi vida; de aquel jardín tan esplendoroso y fértil, que con tanto amor yo había cuidado; ya no quedaba nada. Ahora sólo era un montón de plantas hostiles luchando por crecer más que las otras y robarse la luz. Estaba en condiciones deplorables, parecía un lugar indicado para una prueba difícil; pues siempre, he gustado de cosas salvajes y desaliñadas, a pesar de ser alguien perfeccionista.

Del pasto ya no quedaba más que el recuerdo, porque todas las plantas lo habían privado de de porción de luz. Caminé con los pies descalzos sobre la tierra seca, que seguramente nunca ha experimentado la humillación de ser pisada de esta manera. Durante varios largos minutos de manera deprimente contemple aquel edén que con tanto esmero había cuidado a lo largo de mi vida, era doloroso ver en lo que se había convertido. Las dalias secas, los rosales marchitos ¡todo estaba muerto! a excepción de las hierbas que crecieron por su cuenta y un enorme árbol de capulines.

La única prenda que cubría mi cuerpo era una bata blanca, con la cual me veía hermoso en medio de aquel jardín muerto; era algo así como una obra de arte. Estaba decidido a revivir mi jardín, sí, ese sería mi reto y para ello emplearía un día y una noche de mi vida si era necesario, debía revivir mi jardín que había sido víctima del salvajismo y había sido sometido a los sufrimientos del ayuno y el abandono. 

Tras haber trabajado varias horas, llegó la noche; la luna se asomaba en el cielo cuando todo comenzó. Pensé que no seria demasiado difícil, y así había sido durante las primeras horas, las hormigas danzaban al unisono con el himno de los grillos, luego aparecieron un par de moscas que intentaban arrastrarme a la locura con su canto de sirenas.

El cielo comenzó a nublarse y con las nubes vino una tormenta, intenté refugiarme de la lluvia, pero ¡carajo! dejé las llaves dentro de la casa y la puerta tenía el seguro puesto. ¡Mierda! grité a todo pulmón; mi vida es miserable, pero no es que me lo haya contagiado nadie, es como si me hubieran inyectado una dosis de melancolía y mala suerte desde que era un espermatozoide.

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La lluvia no cesaba, sonaba insistentemente como el agua que cae de la cascada; en ese instante comencé a preguntarme las razones que me habían llevado a lanzarme a una misión tan disparatada. Pensaba en mi vida, en todo lo que me había llevado a ser como era, en todo lo que me había conducido a vivir ese momento de prueba. Un pensamiento se apoderó de mi mente y grité fuerte «al diablo el amor y la felicidad, no están hechos para estos tiempos de miseria» (E. Mauricio Tellez).

Me encaucé en una misión suicida, pero estaba bien, sería mi ultima noche de vida, la lluvia comenzó a desaparecer y con su partida empezó a hacerse visible del lado derecho un poco de luz rosa, la luna se escondió de ella lentamente entre la hiedra que cubría la barda izquierda, la luz se volvió mas amarilla. Esperaba la muerte al igual que esas ballenas que esperan el momento preciso para encallar en la playa y morir. 

La luna desapareció y el sol fue quien estuvo ahí a tiempo para despedirse de mí, la noche más larga y fría se había ido. Cerré los ojos y morí.

El día sonreía con su cielo azul y su mañana fresca, había aprendido muchas cosas mientras transcurría la noche anterior, mis obstáculos superados me habían hecho mas fuerte. Me había convertido en un héroe, en definitiva fue una noche de sacrificio; pero bueno, eso les pasa a veces a los héroes… Me convertí en mi propio héroe, era un hombre nuevo.

Mi jardín reverdeció, los capullos se abrían convirtiéndose nuevamente en sueños hechos realidad, los pajarillos cantaban…

En fin, había vida nuevamente en aquel jardín muerto.