La leyenda del «hilo rojo»… mi realidad

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Quien haya leído sobre ésta leyenda, sabe que se dice que cada persona está conectada por un hilo invisible a otra persona, y  que según esto es muy real.

Seguramente en éste momento piensas en alguien que a pesar del tiempo aun recuerdas, aun añoras y echas de menos.

Esto es para ti, el hombre del otro extremo de mi hilo rojo:

Te conocí aun siendo adolescente, sé que tú al igual que yo, desde ése momento te conectaste a mi para siempre; éramos unos niños comenzando a vivir la vida, tuvimos esa emoción loca de estar juntos aun sin saber lo que una relación significaba, pero lo hicimos, y ambos nos besamos por primera vez. Fue una relación corta, tan corta como lo era nuestra vida.

Seguimos el camino por separado, pero las circunstancias de vida, nos permitieron saber el uno del otro. A grandes rasgos, nos enterábamos de nuestro avance y crecimiento.

Nos convertíamos en adultos jóvenes, cuando volvimos a tener contacto; a éstas alturas ya habíamos pasado por distintas experiencias.

Yo continúe mis estudios hasta la licenciatura, tú no… tú quisiste ser rebelde y comenzar a conocer lo dura que era la vida desde muy corta edad, tal vez por necesidad, tal vez por deseo… creo que fue lo primero. Tuviste una infancia difícil, tenias que haber pensado que debías vivir tu propia vida lo más pronto posible.

Yo, sin embargo, decidí ser hija de familia, comprometida con mis estudios y obligaciones en casa; contrario a ti, me cultivé intelectualmente y me rodeé de amistades con los mismos intereses.

Quien haya tenido la oportunidad de acercarse al conocimiento y la cultura sabrá, que difícilmente escogerá relacionarse con personas que no sigan ese mismo fin.

Así pues, nos formamos en ámbitos y entornos muy diferentes, pero el hilo rojo seguía allí, oculto, latente y fuerte pero apenas perceptible.

Pasaron algunos años, durante los cuales yo investigué sobre tu vida ya que siempre te recordaba; entonces apenas rebasábamos la veintena de edad.

Cada uno había vivido ya sus amores y desamores, tropezado y también acertado en algunas pasos. Estábamos creciendo por separado, pero sin soltarnos del todo, siempre al corriente uno del otro.

Un día, recuerdo bien, supe que tenias una relación muy seria con una joven chica a la cuál apoyabas en todo y tuve la oportunidad un par de veces, de estar cerca de ustedes y observar que efectivamente, tú te desvivías por ella.

Sin embargo, cuando coincidíamos, tu sonrisa y tu forma de mirarme era diferente, nuestros sentidos alertaban de un sentimiento que aunque adormecido, era lo suficientemente nítido como para pasarlo desapercibido. Nosotros manteníamos la distancia y nunca hablamos al respecto.

Por otra parte me enteré que tú indagabas sobre mis pasos. Yo estudiaba el nivel superior y en ése momento vivía al igual que tú, una relación de ensueño.

Tenía a mi lado a un chico maravilloso, éramos la pareja perfecta, según la apreciación de las personas que nos rodeaban, fue entonces, que me enamoré por completo y era totalmente correspondida. Ese joven era lo máximo.

Tuviste la oportunidad de conocerlo, y así, ambos vimos como aquellas personas nos hacían los seres más felices del mundo.

Al pasar un par de años más, precisamente en fin de año, coincidimos en las festividades de conocido; ésa noche lucías muy atractivo, lo recuerdo bien, vestías un pantalón formal gris con raya de gis y una camisa color palo de rosa… jamás te vi vestido así antes.

Siempre fuiste descuidado y preferías las prendas holgadas y sin combinación. Vestías así por una razón muy importante ¡Te casabas!… estabas que rebosabas de felicidad.

Recuerdo que te felicité y tomamos una bebida. Esa misma noche yo te informaba que mi pareja por casi tres años, aquél chico que adoré como a nadie y con quien pensaba me casaría, me había engañado.

Y tan solo días atrás me lo había hecho saber de primera mano, echando mis sentimientos a la basura y haciéndome pasar por la más profunda de las depresiones.

Era tan contrastante tu enorme alegría contra mi profunda y resignada tristeza. Recuerdo que sonreía con una ligera envidia ya que tú estabas cumpliendo tu sueño y el mío se había destruido.

Nuestras vidas continuaron, yo me recuperaba y lograba mis propios objetivos, había conocido a otros hombres y habían sucedido cosas interesantes, mas nada había tenido una verdadera relevancia. No quise volver a regalar mi cariño a cualquiera y me volví recelosa y desconfiada.

Luego de un par de años y cuando yo estaba a menos de un año de terminar mis estudios superiores, una amiga en común me informó que vivías un matrimonio infeliz.

Tanto te desviviste por esa mujer, que pronto te diste cuenta que entre más le dabas, ella más quería. Tuviste que irte del país y buscar medios para sostener sus caprichos, todo para que al volver, ella te dijera, que nada era suficiente y que te dejaba.

Por aquél tiempo coincidí con un pariente tuyo y me habló de ti, de la fuerte depresión por la que atravesabas. Me dijo que no deseabas hacer nada, que todo en tu vida se había derrumbado, claro, no podías creer que la persona a la que mas amabas en la vida te hubiese abandonado, a pesar de haberlo dado todo por ella y por ustedes.

Me sentí triste por ti. Quizá porque yo te comprendía, yo también había pasado ya por una decepción en el pasado.

Pasó  un año más, yo recién egresada había conseguido trabajo en una ciudad vecina a la nuestra, me encontraba de nuevo en una relación, solo que, un tanto conflictiva.

La distancia se había convertido en mi enemiga principal y vivía en una situación amorosa de intermitencia. No quería estar sola, pero tampoco estaba bien con mi pareja.

Había conocido también a alguien en aquella ciudad y me encontraba en un conflicto existencial bastante desconcertante.

2

 

Por aquellos días, en una noche a principios de año, recibí un mensaje en mi celular, era tuyo… no recuerdo con exactitud lo que decía, ya que para serte franca, no le preste demasiada atención; seguro me saludabas, yo simplemente no respondí.

No me apeteció hacerlo. Quizá tenia miedo de hacerlo, de nuevo nuestra conexión me forzaba a negarte frente a lo evidente.

A partir de ése momento me buscaste reiteradas veces, yo rara vez respondí. Un día llegando a mi ciudad natal en la casa paternal, me recibieron diciendo que habías hecho llamadas preguntando por mi.

Yo reaccione mal, muy molesta… ¿Por qué estabas siendo tan insistente?, ¿por qué te atrevías a llamar a casa de mis padres, cuando estaba claro que tenías mi número de celular? aunque claro, no te respondía y ¡te aluciné! No me interesaba tener nada que ver contigo, no éramos amigos, no teníamos nada en común o éso me convenía pensar.

Finalmente y luego de mucha insistencia, acepté verte, pero sólo te recibiría fuera de casa, no quería ir contigo a ninguna otra parte. No quería darte la oportunidad de estar a solas conmigo.

Llegaste esa tarde, habías conseguido un auto prestado porque según me dijiste, tu ex te había dejado con lo puesto y estabas comenzando a salir de nuevo adelante.

Esa tarde hablamos de ti, de lo que habías pasado, hasta entonces supe que realmente habías estado abatido pero finalmente decidías continuar.

Me confesaste entre otras cosas que siempre había sido yo alguien especial en tu vida y que pretendías, si yo accedía, comenzar una relación. Yo me negué, yo te dije que ya tenía una relación y que debías continuar tu vida con alguien más.

Recuerdo perfecto como esa tarde algo sucedía en mi interior, pero no quise hacer caso. Te acercaste para quererme besar y no te lo permití. Quizá en el fondo sabía que si te lo permitía, ya no habría vuelta atrás.

Sin embargo, mis razones para no aceptar fueron otras; no eras la persona que yo deseaba tener a mi lado, no cumplías con mi prototipo de pareja, no éras lo que las personas a mi alrededor esperaban que yo tuviera a mi lado. Lo sé, es una idea terrible, pero real.

Si, lo confieso, con algo de vergüenza pero, éramos muy distintos, perseguíamos objetivos distintos, a pesar de los años seguías siendo aquél chico sin aspiraciones, sin ganas de sobresalir y sobre todo, carecías de algo que para mí era muy importante… educación.

Así pasaron un par de años más, muchas vivencias y aprendizajes para ambos. Yo había vuelto a mi ciudad natal de forma permanente y de nuevo el destino nos hizo coincidir, una vez más para fin de año.

Fue en una fiesta, llegaste, ibas acompañado por tu familia, pero también por alguien más… una chica que tomabas de la mano, no tuve duda de quién era y de lo que eran, porque sin mucho que esforzarse, éra evidente… ¡ella estaba embarazada!…

Noté que era muy joven, varios años menor que tú, era linda pero sin gracia. Respiré profundo, sentí una extraña combinación de sensaciones: de vacío y a la vez de descanso, porque sabía que ya no insistirías conmigo, pero a la vez sentí celos porque sabía que yo había dejado de ser importante para ti. ¡Que equivocada estaba!

Esa noche, luego de unas horas en la fiesta, tu familia se retiró, ella con ellos y tú… ¡tú no!, tú te quedaste, después de que toda la tarde estuviste siguiéndome a todas partes con la mirada y queriendo acercarte, por fin lo hacías.

Sin titubeos ¡te acercaste a mí!… fuiste hasta donde yo estaba sentada y me dijiste placidamente: ¡Hola! ¿Cómo estás?. ¡Apenas podía creer lo que sucedía!

Yo te había mandado a volar sin miramientos tiempo atrás y en cambio tú, estabas allí, aun después de muchos meses, después de que te habías vuelto a casar y ahora que esperabas un hijo con aquella chica… ¿Qué era lo que pretendías?, ¿A caso te habías vuelto loco?

Conversamos algunas cosas y aun pensando que ya no podía sorprenderme nada, sucedió… yo te dije: me da mucho gusto que te hayas vuelto a casar y que estés esperando un bebé, ¡te felicito!…Tú, con voz grave, seria y profunda respondiste: No me felicites. Una noche la conocí, le pedí ser novios y ella aceptó. Estoy con ella porque sus sentimientos son buenos y me quiere bien, pero… yo no la quiero a ella… yo te quiero a ti.

Fue tu respuesta un halago a mi ego sin lugar a dudas, también fue inesperado y tuve miedo, tuve pánico porque comprendí ese día, que tú no ibas a descansar hasta lograr que algo sucediera entre los dos. Y lo preocupante era que muy en mi interior yo lo deseaba, siempre lo desee pero mis prejuicios me impedían sentirlo.

La vida transcurrió y volví a saber de ti hasta casi un año después, yo me encontraba sin pareja y de nuevo, cerca de fin de año, para tu cumpleaños hice algo inesperado… te envié un mensaje al celular, tú respondiste enseguida, agradeciendo el detalle, y agregaste, ¿podemos vernos?, hay algo que quiero contarte; yo dudé unos minutos y respondí, sin importarme nada… Si.

Nos vimos unos días después. Yo estaba nerviosa, no sabía que era lo que iba a suceder, o ¿quizá si?… Llegó la hora y me recogió en el lugar acordado, subí a su auto y al verlo supe que esa cita era muy importante para él; se había esmerado en su vestir, llevaba pantalón de mezclilla a la medida y una playera tipo polo en color pastel (de nuevo vestía como no era su costumbre) y lo hacía sin duda, para complacerme.

Después de ir a tomar un helado y conversar trivialidades, me informó que se había vuelto a separar. Fue una conversación larga, muy profunda de hecho. Volvió a mencionar que me quería y que siempre guardaba un recuerdo hermoso de mí.

Hablamos sobre la niñez, sobre nuestra adolescencia, cuando nos conocimos, como había crecido en nosotros ese sentimiento y conexión extraña, ese “hilo rojo” que nos había mantenido de alguna manera unidos durante tantos años y me contó de esos extraños huecos en el estómago que se hacían presentes cada que nos veíamos o estábamos cerca. Yo coincidí con él.

Y finalmente, luego de diecisiete años de un viene y va entre nosotros, luego de experimentar cada quien sus propias vivencias por separado, estábamos allí, a los veintiocho años de edad tomados de la mano y queriendo comenzar algo que no sabíamos a dónde iría a parar.

De nueva cuenta en el mes de diciembre, iniciábamos un romance. Si, por fin había sucedido y fluyó como agua de río en creciente.

1

 

Fue una historia tan pasional, tan fuerte, como algo que has esperado tanto y por fin has conseguido tener. Ambos nos embriagamos del otro y quizá, menguando la  pérdida de tiempo, la larga espera por el otro, nos entregamos por completo; él, sintiéndose vencedor por haber logrado que volteara hacia él y yo sintiéndome dichosa a su lado porque comprobé las ansias que tenia de mi, de lograr tenerme, de demostrarme tanto amor.

El destino nos había preparado para esa situación, nos encontramos en el momento adecuado y por las razones justas.

Lo nuestro fue muy intenso, sé que lo recuerdas perfecto, igual que yo. Disfrutaste cada instante porque sabías, que tampoco ésta vez era para siempre. Después de todo, nunca fuimos una pareja a la luz, ya que yo no lo permití; mis prejuicios continuaron y tú aunque separado, nunca te divorciaste, y tenias una hija, a la que no quisiste provocar un conflicto entre mi presencia y la de su madre.

Quizá nos conformamos, quizá finalmente habíamos logrado el objetivo real… !Amarnos! Más sabíamos que nuestra historia solo sería eso, dos personas que se aman y se hacen el amor, pero cada uno sigue su vida por separado.

Cuatro fueron los años que duró esta historia, ¡si!, cuarenta y ocho maravillosos meses de loco amor. Se preguntarán… ¿quién dio fin a esta historia?… ¡fui yo!

Una noche, también en diciembre, tomé la decisión de terminar; se lo dije de frente y con lágrimas en los ojos, le dije que lo adoraba pero que era imposible seguir. No existieron razones lógicas, ni congruencia entre sentimientos y acciones, pero sucedió, era necesario terminar.

Me llamarán loca y se preguntarán… ¿a caso se puede abandonar aquello que te hace la persona más feliz del mundo?… Si, simplemente, si.

Ese “hilo rojo” es invisible, tan invisible que jamás puede verse en la realidad, solo ése par de seres, que en el mundo se sienten conectados, entienden que la unión siempre será imposible, por las razones más insólitas e increíbles que se puedan imaginar.

Esa leyenda del “hilo rojo”, sépanlo, es muy real. Disfruten entonces esa mística conexión con su amor imposible y guárdenlo en la mente y corazón como aquello tan mágico, que jamás podrá ser revelado a los ojos del mundo, pero que sin duda, es un lazo candente que nunca dejará de lacerar.

Por muy lejos que se encuentren de él, por mucho que se resistan, se encontrarán por pequeños momentos, vendrán a su vida como ligeros espasmos; siempre invisibles, pero tan reales como respirar.

A ti, que compartiste conmigo tanto, por tantas coincidencias, por permanecer en mi vida, aunque quizás, ahora sí hubiese sido el final…¡Mil gracias, fui muy feliz contigo!

Ahora mismo, hace casi dos años que no sé de ti, no sé qué haces, ni dónde te encuentres; pero sé que quizá en un corto tiempo, volveremos a coincidir, quizá en un nuevo diciembre, como ya se volvió costumbre.

Entonces aparezcas, nos veremos a los ojos, aguantaremos la mirada unos segundos, luego la desviaremos y continuaremos como siempre, con nuestros caminos y experiencias por separado. Al fin y al cabo ese “hilo rojo”, aún a capricho nuestro, nos mantendrá unidos por siempre de corazón.

 

Escrito por: Laura Calderón