Juguemos a querernos

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Te gusto, me gustas, nos deseamos… Nadie quiere hablar de un compromiso, ¿para qué complicarse? ¡Juguemos a querernos!

Es el inicio, todo es bello, existe la emoción, se excitan… Los pensamientos y sensaciones juegan también, éstos se exaltan, se cree tenerlos bajo control; ¡gran mentira! No habrá involucramiento, es la primera regla y debe quedar clara.

¡Vaya seres tan inteligentes! Al creer que nada fallará. No pasa mucho tiempo y uno de los dos amanece y se siente distinto, no lo vio venir, extraña mucho más al otro; debe ser sólo una confusión momentánea, nada de importancia.

Pero se da cuenta que ha comenzado a tener expectativas sobre el juego y de pronto, ese juego deja de ser divertido, ya no le gusta ese adjetivo, ahora quiere convertirlo en una relación real.

Cada acción del otro ahora es una bofetada que cada vez lo trae a la realidad, le azota fuerte y lo baja de esa nube una y otra vez. Son acciones que gritan con suficiente fuerza «no quiero nada serio», pero no es lo que se escucha; tampoco lo que se quiere ver.

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Cuando en ese juego se rompen las reglas ya nada terminará bien,  lo sabe, conoce los riesgos, se sabe que hay sesgos y aun así se decide jugar.

Y los sentimientos son la apuesta, son los valores que se echan al azar… ¿No se sabe que los sentimientos y las emociones son difíciles de controlar? ¿No se sabe que el amor es visceral y no mental? ¡Que osadía!

Al menos uno de ellos sufrirá las consecuencias, resentirá las ausencias, padecerá los vacíos, anhelará oír del otro las palabras que nunca escuchará. Morirá lentamemte cada día y su luz se apagará.

«Juguemos a querernos» dijeron al inicio; así no dolerá, disfrutaremos el momento, nada se perderá; no habrá enamoramiento, prohibido será… Somos adultos, sabemos lo que hacemos, el juego será ideal.

¡Juguemos a querernos! Nada saldrá mal… Y sin embargo no hay nada, tan más fuera de la realidad.

 

Por: Laura Calderón