Jugando a ser amantes

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Me encanta este juego. Es como si nada importara, como si todo diera igual. Es como burlarse de la verdad y abrirse a la mentira. Es como engañar, como ayudar a crear traiciones, como ser cómplice de un asesinato, como luchar contra lo imposible, como robar algo que no es tuyo, como apoderarse de las riquezas de otro, como quitarle lo más preciado a alguien, es como amar pero sin saberlo.

Es querer sin darte cuenta. Es una relación a medias; es soñar; es como esconderse detrás de las paredes, como ocultarse en el vacío, como vivir sin existir; es fingir, es tener algo que
nunca has tenido, es como una fantasía, es irreal, es como si pudieras alcanzar tus deseos, es una ilusión, es como un viaje en la psicodelia, una alucinación. Es parecido al amor, pero sin serlo. Es el juego de la farsa; el fraude más grande de la historia.

Yo he jugado muchas veces. Empecé siendo una novata, me mataban sin piedad, se hacían conmigo, me atraían como si me quisiesen; todo parecía tan bonito, tan bello… era imposible no caer en su trampa, y cuando te
tenían, te dejaban en ese valle de sentimientos a la deriva de la soledad y naufragabas en un mar de desengaños, desilusiones y desamores.  No tenía ni idea de en qué historia me había metido, no sabía en qué consistía ese juego, ni cuál era mi papel.

Nadie parecía darse cuenta de por lo que estaba pasando. Estaba sola e indefensa y mi derrota era inminente. Atacaron sin piedad y me desvanecí como una pluma cayendo des del cielo.

Pero de todo se aprende. Al principio siempre pierdes, te hundes, te sientes el ser más miserable de la tierra, te odias a ti mismo y crees que jamás podrás levantar la cabeza, pero la levantas y te sientes preparado, lleno de energía, para cuando te toque volver a jugar. La experiencia hace su trabajo.
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Siempre he sido una presa fácil. Cualquier bella palabra en son de paz que salía de la boca de mi enemigo me la creía, cualquier gesto de cariño, cualquier tierna mirada, cualquier roce, cualquier beso, cualquier mentira, todo era aceptado y adorado sin cuestionarse nunca nada; por eso siempre perdí, pero eso siempre fui la mejor en lo mío.

Aunque fracasé en algo y a pesar de mis intentos, mi corazón insistía en enamorarse de los traidores, pero sabía cómo dominarle, cómo hacer que no se perdiese en sus mundos de locura. Conseguí salvarle o quizás protegerle de los caprichos pasajeros y fraudulentos de su contrincante. A pesar de eso siguieron venciéndonos de la peor manera, pero esta vez fue diferente: moríamos, pero lo hacíamos con dignidad y más sabios.

Me encantaba jugar. Era tan aparentemente bonito, tenía todo lo necesario para ser feliz: alguien a quien amar, a quien poder entregarme, con quien charlar, con quien discutir, a quien explicarle mis trabajos, a quien hablar de mis inclinaciones y a quien defender de los posibles peligros. Luego me di cuenta de que yo justamente era el gusano del anzuelo, el cebo perfecto para darse el gusto de tener una “aventura”.

Yo jamás desvelaría la verdad, jamás diría una sola palabra, jamás les podría decir a la cara lo que pensaba en realidad de ellos, jamás podría ponerles en duda, jamás confesaría, jamás les delataría, ni jamás podría  demostrar la auténtica y pura verdad. Y así es como me convertí en la jugadora perfecta.

Así es como se juega con las personas. Así es como se juega a ser infiel.

Me encantaba ese juego, el juego de ser amantes.