Infierno interno

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Después de tantas palabras refugiándose en mi mente, hoy vuelvo a escribir como el primer día. Hoy redacto un poco de mi infierno interno. Hay veces que corres y te bañas bajo la tormenta, alejándote de personas, conociendo más de ti a través del tiempo, riendo, llorando, sonriendo, creciendo, impulsado por un amor propio que plasma la gloria o los abismos de delirios que se derraman.

Soy mi mentor y mi enemigo en uno, observando, pensando, luchando, alcanzando lo que sueño, intercambiando lo que visualizo conforme la vida me eleva hasta el cataclismo. Dicen que el tiempo todo lo cura, quizá no sea algo seguro, en cada tormenta aparecen lluvias de sentimientos, momentos, recuerdos envenenados que te inmortalizan bajo el grito de un alago o una amenaza.

Las caricias recorren la piel, disparando sensaciones que enferman con virus llenos de placer. Me aman o me odian, me quieren o me rechazan, la palabra se activa entre tus labios, el silencio se expande, durmiendo la rabia, durmiendo la conciencia, pensando en cómo ser tu mismo sin escuchar a otros seres.  Demasiado viento para tan pocas alas, atado en pensamientos que alteran el caos y el orden, la acción vive cuando no se esconde.

A veces tengo la sensación de que mi existencia está rota, la vida a veces es muy perra, mi mente es un tanto inquieta y no por ello voy a deprimirme. Si me hundo, sé que no me voy a ahogar por lo que no hablo. Busco la paz, haciendo del murmullo un grito fuerte, hay una evasión entre mis contradicciones que reflexiono en mi soledad. He sido un insensato, y sé que es una virtud que me hace único, mi estado mental abre puertas prohibidas varias veces; si tropiezo regreso dando el cien, encontrando una virtud por cada mil defectos.

El verso resucitó, me limité a juzgarme y esconderme, sabiendo que eso es engañarme. No soy un farsante, intento aprender cómo decirlo para que los de afuera me entiendan. No soy muy simpático, ni tampoco empático, no soy enemigo, ni me siento el ombligo del mundo. Las apariencias engañan, y los espejos y las calles te dicen quien eres.

Guardo secretos, algunos sangran por dentro, otros auxilian liberando la presión y traficando cuentas pendientes a nombre del pasado.  Una memoria me atrapa, la canción retumba y me anima, la familia se abraza; es un lujo que me distrae, sacando lo que no me atrevo con solo un contacto sincero, consumiendo la distancia que encarcela un horario.

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A mi pareja le doy las gracias, es un lugar en el que descanso encontrando en su apoyo incondicional un poco de amor, que me mantiene motivado. Sólo necesito un café, una charla o un papel, para narrar, escribir o explicar lo que a veces no comprendo, cual es el método eficiente para darme a entender. Mi consuelo es verla en una foto, cuando quisiera estar de frente y verla cara cara aunque sea una vez. A veces cuando pienso que sería de mi, sé que estaría lejos de mi ser, en otro lugar, viviendo lejos de esta esfera.

Rompiendo los barrotes de esta jaula entiendo que a veces se siente pánico, pues no existe nada eterno, me considero afortunado cuando pienso distraído, pues me siento muy distinto en cada instante. Iluminado en una calma fría y ancha. Mi inocencia se desvanecía, caminando sin dar crédito, llenando mis vacíos con verdugos, matando el frío sin saber el regalo que prestaba mi soledad.

Decidido estoy, dispuesto a dar vuelta a la página, no me engancharé en reproches y lamentos, es caprichoso buscar lo que se desvanece, lo que dura un instante. Yo vengo de un lugar en el que te enseñaban que triunfar era imposible, ya no me asombro por los escombros del destino que ahogan ilusiones, eso me hace sentir eufórico aunque sé que es sólo psicológico.

Escupo esas realidades llenas de sensibilidades, liquidando el sentido absurdo, el sentimiento de melancolía en el que sentir es escribir. Nada me doma, aunque nadie lo recuerde, devoro mi orgullo, amando con locura, aunque no sepa cómo es amar con locura; eso no es certero, no persigo la verdad real, eso creo.

Mis sueños son mentiras que un día dejaran de serlo,  derramo profecías, aprendiendo del error, curando poco a poco mi dolor, no es anecdótico. Asumo la rabia de mi ejercicio mental cuando miró el reflejo en el espejo tras las tinieblas.

No soy un hijo prodigio, soy un secreto escondido, un muchacho extraño que intenta transformar dichos en hechos.

Soy la voz del silencio incomprendido, un tiempo, un espacio.