He aprendido a vivir con mis cicatrices…

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Si miras con detenimiento mi alma, podrás darte cuenta de las múltiples cicatrices que en ella descansan; ya no son más defectos, e incluso algunas me parecen lindas.

Los daños y las heridas, son cosas que vivimos evitando.  Las personas cada vez hieren más e incluso algunas lo hacen por gusto. Una piel marcada se vuelve antiestética pero cuando se trata del alma, se suele creer que es aún peor.

Han clavado dagas en mi autoestima y también han aventado piedras a mi confianza. Me han fallado y me han herido por puro gusto. Me han roto y han extraviado partes de mí; cada acción de esas, e incluso en las que yo misma me fallaba, dejaron una cicatriz dentro de mí.

Solía rasgar más las heridas al intentar desaparecerlas, no me gustaba que hicieran de mí su hogar. Trataba de esconderlas con sonrisas mientras por dentro sabía que estaban ahí. Ya no confiaba e incluso llegué a volverme una persona fría. Esas heridas que después se volvieron cicatrices, fueron un martirio hasta que descubrí lo bueno de ellas.

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Vivir es crecer, y crecer es cambiar… y los cambios son tanto físicos como emocionales. ¿Qué niño no se raspó las rodillas por andar jugando? Y estoy segura que si algún niño no se ha lastimado por correr o brincar, entonces él no está viviendo realmente, no está explorando, no se está divirtiendo.

Y qué somos nosotros, sino personas que también están explorando cosas nuevas en cada día; si no tuviera estas cicatrices, sé que no estaría viviendo, no estaría entregándome por completo. Porque de eso se trata, arriesgarte a intentarlo, correr cuando hay que correr o ir a paso lento cuando se debe hacerlo.

Cada cicatriz es una enseñanza y se repite hasta que la marca sea lo suficientemente visible para ti y recuerdes no volver a hacer aquello que te hiere. Cada cicatriz es una historia. Cada cicatriz te muestra de lo que fuiste capaz, como confiar en alguien cuando ya no había motivo o amar de manera inigualable a quien no merecía del todo tu amor. Cosas de las que hicimos y que aunque no fueron la mejor decisión, te mostraron mundos y sentimientos que no conocías y te enseñaron que entregarte no es malo, siempre y cuando sea con la persona correcta.

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Esas cicatrices, como las cicatrices de piel, deben ser motivo de orgullo y no de pena ni tristeza, porque te recuerdan lo fuerte que eres al sobrevivir a alguna situación por la que muchos otros pasaron y quizá no aguantaron.

Y es cierto, no es algo que todo mundo quisiera tener, pero sí algo que a todos les enseña a vivir.

No se trata de esconderlas, se trata de aprender a vivir con ellas. Porque cada cicatriz, es una señal de que estás viviendo, y lo estás haciendo bien.

Escrito por: Mayeli Tellez