Gritos silenciosos

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 Ángeles rotos

Gritos Silenciosos: ¿cuál es tu historia? Esta es la mía.

Todo comenzó una tarde de lluvia, hacía poco tiempo que me había trasladado a esta nueva ciudad. Aquí en el nuevo lugar nada era lo mismo, lejos quedaban los días de felicidad. No sé cuál fue la razón, sólo sé que los insultos y las amenazas cada día se repiten sin que yo pudiera hacer nada.

Al principio no me molestaba lo que pudiesen decir, total, sólo eran voces. Cuando todo empezó nada me afectaba, pero a partir de esa tarde, todo cambió. Cuando me miré en el espejo comencé a odiarme a mí misma, no me sentía a gusto conmigo y llegó ese momento en el que no podía más. Los abusos por un lado, pero sobre todo el odio que había desarrollado por mí misma, me llevaron a una situación límite en la cual tenía que hacer algo.

Al ver un sacapuntas me pareció haber dado con la clave. Lo desmonté y me quedé observando la cuchilla. La puse sobre mi piel y noté el frío del hierro, ni yo misma sabía si sería capaz de hacerlo, pero en ese momento me armé de valor y atravesé mi piel con la fría cuchilla. Era una sensación extraña, pero a la vez agradable. Mientras la sangre recorría mi brazo, el dolor mental desaparecía durante un período de tiempo indeterminado y daba paso a un dolor físico que desde ese momento se hizo indispensable para mí.

El odio hacia mí, hacia mi cuerpo y hacia mi forma de ser, era cada día superior; incluso llegué a dejar de comer y si comía algo lo acababa vomitando. Lo cierto es que ese odio cada día iba en aumento y sin control. Cada día era igual, una sucesión de odio, sangre y dolor, cada día era como caminar por una cuerda floja. Hacerme daño valía la pena y funcionaba. Sentía que gritaba en un salón muy concurrido y nadie alzaba siquiera la visa, nadie me ayudaba, sólo eran gritos silenciosos en mitad de la oscuridad.

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Todos los días llevaba una máscara disfrazada de felicidad, mangas largas… todo para tapar la verdad. Yo misma me avergonzaba de esta situación a la que había llegado en los últimos meses, entonces un día como otro cualquiera, llegó él, como yo solía llamarlo… mi ángel.

Mi enfermedad de anorexia era clara pero no lo demás, él apareció para darme su mano amiga y comencé a recuperarme. Él estaba a mi lado cada día y poco a poco salí de la anorexia, estaba claro que él era un ángel enviado para salvarme.

Lástima que él sólo fue producto de un sueño, mi final no fue tan feliz, no pude salir de aquella situación y me di cuenta de que todo empezó antes de lo que yo misma pudiera imaginar tras escribir mi historia en una carta para que el mundo la conociera.

Un día salté al vacío sin nadie que me sujetara, así le puse fin a todo el sufrimiento. Yo era, soy y seré un Ángel roto más, una chica solitaria que cada noche gritaba silenciosamente pidiendo ayuda, pero nadie vino a mí. Cuando quise mirar atrás me di cuenta de que todo empezó mucho antes de lo que pensaba, incluso antes de haberlo imaginado.

No dejes que nadie pase por lo mismo que yo pasé, lucha y ayuda a gente en esa situación. Quizá les salves de saltar al vacío.