Gracias a ti… No te pierdas esta gran historia

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He leído en artículos sobre metafísica y espiritualidad que cada persona que entra en tu vida, viene a enseñarte algo y a dejarte alguna experiencia para tu futura reencarnación.

Si esto es cierto o no, lo desconozco.

Pero no por eso, he dejado de imaginar que tal vez ese era nuestro destino.

A él lo conocí en el mejor mes del año: Octubre. Y como si hubiera sido planeado desde mucho antes, todo se sintió irreal, perfecto.

La plática en la biblioteca, el paseo por la plaza principal de la ciudad, la velada en el café más cercano.

Era… Perfecto.

Pero nos teníamos que despedir, no sin antes prometer volver a esa plaza cada atardecer. A la hora en la que ambos salíamos del trabajo.

No, no hubo necesidad de compartir número telefónico, ni la página del Facebook. Ni ninguna clase de contacto por red social.

Era un pacto simple, no requería de mucho.

Y así comenzó todo, todos los días exactamente a las 7:00pm nos veíamos en la plaza, bajo el árbol más viejo. Charlábamos un rato, de su vida.

Su familia, su trabajo… Pero el único tema que no tocamos fue su salud. Tiempo después entendería el porque.

Hablábamos de que un día antes una clienta, me había molestado a sobremanera con un pedido que no podía entregarle en el plazo que ella requería.

Hablamos de lo rápido que se enfriaba el café en esta época, de que los libros ya no se sentían como antes. Les faltaba vida, pasión.

Hablábamos de su sobrina y lo divertido que era verla intentar caminar.

Los días transcurrían tan tranquilamente.

El primer beso, el primer te quiero. El tan atemorizante te amo. Las salidas al cine, al café, a bailar. La primera vez que visité su casa, la primera vez que hicimos el amor.

Y entonces… Un día no se presentó.

Me extrañó, pero no le di importancia. Tal vez algo surgió pensé.

Pasaron los días… Las semanas… Y nada.

No sabía qué pasaba, cómo sentirme. ¿Era eso una señal de que ya no me quería? ¿Le habrá pasado algo?

¿Y si voy a su casa?

¿Y si no me quiere ver más y sólo logro molestarlo?

Pero una noche no pude más y fui a su casa. Llamé a la puerta y abrió su madre. Me miró con una mueca triste y una mirada fría.

– ¿Te has enterado? – preguntó

Contesté negativamente y me invitó a pasar. Me senté en el sillón favorito de él, su madre me trajo un café. Y se sentó a un costado mío.

– ¿Alguna vez, te llegó a hablar de su enfermedad? –

– Nunca, ¿de qué está enfermo?

– Estaba… Tenía cáncer, los doctores le habían dado un pronóstico bastante bueno, pero el mes pasado algo pasó. Aún sigo sin explicarme bien qué fue, pero el cáncer avanzó tan rápido que nadie lo vio venir.

«Y todo este tiempo pensando que él ya no me amaba»

– Tratamos de localizarte, pero no encontramos tu número por ningún lado y no sabíamos dónde encontrarte. Nunca nos dijo dónde trabajabas, mucho menos donde vivías. Él sólo hablaba de lo feliz que era cuando estaba contigo. –

Me despedí, no sin antes preguntar dónde estaba su tumba.

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Al día siguiente fui a visitarlo, le dejé sus flores favoritas. Me senté en su tumba, como si estuviera hablando con él.

Lo puse al día, le conté esos pésimos chistes que siempre lo hicieron reír. Le dije que la primavera enfriaba el café más que en invierno desde que él no estaba.

Que mis atardeceres sabían a nostalgia.

Estaba tan sumergida en mi plática, que no me di cuenta de la hora. Limpié mis lágrimas, le dejé una bolsita con unos granos de café en su tumba. Y una copia del poema que le escribí antes de que partiera, el original. Ese se quedó en mi corazón.

Es verdad, que cada persona que aparece en tu vida deja una enseñanza.

Él me dejó la más valiosa de todas: Me enseñó a amar y a valorar la vida.

Y eso es algo, por lo cual siempre le estaré agradecida.