Exhala… Toma el control del dolor

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– No fumes eso Laura, te va a matar, te lo digo yo.

Pasaban las cuatro de la mañana y afuera estaba helado, pero no pude evitar saborear el poder de tener el cigarro entre los labios. Ulises siempre me había caído bien, algo egocéntrico, algo superficial, pero muy talentoso y siempre dispuesto a decir lo que pensaba.

Yo probablemente no le caía muy bien, es más, si no hubiera andado con uno de sus mejores amigos seguramente ni se hubiera enterado de que existía, así era cuatro años atrás, éramos de contextos sociales muy diferentes. Sin embargo, y a pesar de esto, ahora ahí estábamos, a las cuatro de la mañana teniendo conversaciones filosóficas en la ya muy larga fiesta de cumpleaños de un amigo. Y más inesperado aún, se preocupaba por mis pulmones, cuando era claro que él se podía fumar una cajetilla diaria si quería.

Lo miré a los ojos y vi que a pesar de nuestro poco contacto de verdad creía en sus palabras y le sorprendía que el humo saliera de mi boca, y pensé, ¿cómo le explico?

Cómo le explico que él no me conoce en lo absoluto, que a pesar de todo lo que su gran amigo le pudo contar de mi en confidencia, de lo que vio en cuatro años de universidad y de lo poco que pudo haber podido notar de las conversaciones que ha mantenido conmigo, no tiene idea de quién soy o por qué hago lo que hago.

Cómo le explicó que mi cuerpo ya ha sentido ese ardor, que mis músculos ya han sentido esos espasmos, que mi mente ya ha aceptado las trágicas noticias y que mi espíritu ya ha sentido ese dolor. ¿Cómo le explico que yo ya morí?

Morí al no tener el control de mi propio cuerpo, morí otro poco al no ser dueña de las emociones que lo recorrieron, el dolor físico, el cansancio mental…

Claro, él no podría saberlo. Yo estaba aquí frente a él en un suave vestido azul escotado y con el cabello despeinado por el aire helado, como si nada. Así que tampoco podía imaginarse el placer que me daba el poner el cigarro entre mis dientes y tomar la decisión de dejarlo hacerme daño. El tener de nuevo el poder sobre mí misma.

Y no iba a poder explicárselo, porque las experiencias así son de las que solo viviéndolas puedes entender completamente, pero como son tan malas no deseas que nadie las sufra, y si no les pasa, vives eternamente incomprendido.

Me di cuenta de que mi pequeño monólogo mental no iba a llevarme a ningún lado y que no tenía la fuerza ni la cordura en esos momentos para intentar explicarme, así que hice lo único que podía hacer como respuesta a su petición.

Aparté el cigarro de mi rostro y le dediqué una tímida sonrisa con la que intenté expresarle mi gratitud por su preocupación por mi salud y la poca credibilidad que su personalidad le daba a su consejo. Él me devolvió la mirada y durante un segundo creí que lo había captado todo, luego giró a ver a los demás y continuó cuestionando al chico que tenía enfrente, sobre si era verdad que él jamás había tenido una cruda en su vida.

Exhalé. Como siempre, creo que lo más interesante sucede en mi cabeza.