Estate solo…

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Si te hicieras a ti mismo esta pregunta antes de acostarte, dime qué responderías:

¿Sabes, verdaderamente, estar solo?
¿Sabes lo que implica saber estar solo?
¿Alguna vez has estado realmente solo?
Hay una frase que hoy en día ya casi suena a cliché y a su vez resulta utópica:
«Estate solo, valora tu tiempo, tus manos, tus ganas de sentir la vida».
¿Por qué no nos tomamos esa frase en serio? ¿Acaso no confiamos en su puesta en escena y en su verdadera utilidad? ¿Nos pasa que no confiamos en sentirnos realmente libres de apego?
Nos pasa que no nos adiestran para estar solos y libres. Nos pasa que no nos educan como independientes del resto.
Nos pasan muchas cosas, todo el tiempo; nos pasa que nos apegamos mucho a todo aquello tangible, y eso incluye las personas y todos los seres que nos rodean. Nos pasa que creemos poseer, que queremos para nosotros; que si se nos va aquello hacia lo que nos apegamos, la vida se nos va.
Y al apego, créeme que haríamos bien en dejarlo marchar.

 
No vas a volver a vivir la edad que tienes. No vas a ser dos veces lo que eres hoy. 
No te hablo de utopías. Desarraigarse es complicado
y apegarse es altamente socio-cultural.
Pero podemos jugar a querernos libres, a abrazarnos al mundo y después soltarnos.
Poder exclamar tengo una cita; he quedado conmigo mismo.
Ser más libres que el viento.
Que sentirnos libres no dependa de la aceptación social, que provenga de la aceptación de nuestra esencia, de lo que somos. Que sepamos compartirla; no regalarla.
Que sepamos que el día de hoy podemos finalizarlo en una soledad francamente hermosa, al igual que el día de mañana. Que podamos comprender que somos seres sociales;
pero que el contacto con otros seres no deba ser nuestra única base para sentirnos vivos,
para entender nuestra misión en el mundo,
nuestro objetivo, nuestro ser.
Que mañana, el mundo que gira en torno a nosotros pudiera desaparecer y empezar de nuevo.
Que el entorno tan sólo es eso. Entorno. Y en mitad del mismo nacemos nosotros.
Como seres individuales,
diferentes, únicos.
Ni las relaciones, ni la reciprocidad, ni el apego nos completan. Ya nacemos completos, sin dar cuenta de ello.
Que todos nacemos solos y morimos solos. Crudo pero cierto; a la par que altamente tranquilizador, si lo procesáramos un poco.
Por mucho adorno que le pongamos al traje, morimos desnudos.
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No, no nos une un vientre. No nos une la sangre. Ni los recuerdos.
Nos unen las circunstancias.
Nos une la vida y sus curvas; sus carreteras secundarias. 
Que son, paradógicamente, las mismas que nos separan.
El hecho de que un día te reconozcas como padre o como hijo y lo sientas por encima de lo físico. Que te reconozcas como el hombre que ama a la mujer que te mira justo en este instante a los ojos;
que percibas el abrazo de esa hermana que nunca tuviste.
Nos une el devenir, las olas intensas y efímeras de una vida que por momentos nos arrasa, y lentamente de nuevo nos apacigua. Y nuevamente arrasa.
Nos une el miedo; nos unen los extraños hilos de ese escenario inestable, cambiante, efímero y devastador que es la vida -con su muerte-. Nos une la consciencia, el reconocimiento propio en la mirada ajena.
Nos une el caos. El dolor. El desencuentro.
La llamada de la muerte.
Todo lo inevitable es aquello que de alguna manera nos une. Aun sin pretenderlo.
Y es por ello que también hay que saber nadar entre las aguas -a veces agujas– de lo inevitable.
Es por ello, que no nos queda más remedio que aprender a estar solos.
Estate sola.
Estate solo.
Llega muy lejos adentro de ti,
sabiéndote invenciblemente solo.
Careciendo, tras lo ahondado, de mayor aceptación que la tuya propia. Que la de respirar acorde con tu esencia.
Estate sola. Vuela alto y lejos. Siéntete muy viva, reconócete en los otros, desconoce, mucho.

 

Piérdete en tu soledad casi hasta el límite del bien y el mal.

Y hasta casi ahogarte. 

Te aseguro que lo que encuentres una vez llegues ahí, hará que ya no dependas de la superficie.
Respira, ya estás sola.
Estás solo.

Ríndete a ello. Y sonríe.