Esa mujer soy yo…

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Y así estaba esa mujer que yo podía observar sin que mi mirada la hiciera sentir incómoda. Así estaba… Como no sabiendo hacia dónde ir, confusa, envuelta por momentos en un torrente de lágrimas y luego en una inmensa carcajada. Escribía sin parar. Se tocaba el cabello denotando con ello un poco de desesperación, de ansiedad.

Les aseguro que no necesito ser vidente, bruja o algo así para saber que tiene un montón de sueños, de amor y de cosas que dar. Pero no sabe qué hacer.

Hay instantes en que piensa que vale la pena todo eso y cruelmente la vida por segundos le dice que no. Se nota también por el movimiento de sus brazos que necesita que el hombre que ama la rodee con los suyos. La haga sentir segura. Pero él no está y no veo por ningún lado a alguien que se vaya dirigiendo a ella.

Esa mujer que veo enfrente, tiene una mirada triste, pero brillosa… Sí, un brillo especial. Ese que suelen tener las mujeres embarazadas y las mujeres enamoradas. Ese brillo que no se tiene sin una causa.

No puedo dejar de mirarla, porque ya me envolvió con su ternura. De verdad quisiera salir corriendo y abrazarla, decirle que todo va a estar bien y que no debe dejar vencerse por nadie. Me recuerda a tantas mujeres que conozco, que desesperadas por sentirse amadas creen en las palabras de alguien que no se compromete como ellas.

Que hacen cosas impensables creyendo que con eso las van a valorar. Que aceptan unos segundos de amor y se pierden en horas de soledad. Que fingen siempre estar felices y que por dentro se van desmoronando. Que entregan todo y hasta más, olvidándose de ellas mismas.

Esa mujer que está frente a mí, me recuerda a todas las mujeres que son capaces aún de admirar las cosas más simples de la vida, que pueden contemplar la luna y hablar con ella. A esas mujeres que prefieren permanecer en un sueño, que vivir la realidad porque a veces es muy cruel. 

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Y me recuerda también que podemos renacer como el ave fénix, porque dentro de nuestro ser hay un gran tesoro y aunque a veces creemos entregarlo a quien «lo valorará», nos equivocamos. Es claro que ese riesgo corremos, porque somos grandes mujeres, pero finalmente, seres humanos.

Observo que la mujer que está frente a mí, seca sus lágrimas, termina su café y saca un billete de su abrigo. Lo coloca en la mesa. Pero su actitud ya cambió, ya no la veo triste, la veo decidida. Decidida a dejar atrás los sueños, el falso amor que no quiso quedarse con ella; coloca un papel en el cenicero que no había utilizado y lo quema, supongo que esas son las palabras huecas de ese amor que nunca se entregó como ella lo hizo.

Se levanta, toma su bolso y su lap. Da un suspiro y sonríe. Ya es hora de irse. Desde aquí observo a esa mujer y por un instante me quedo anonadada, porque…

Esa mujer soy yo.