En la mente de una mujer maltratada

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Cuando mi amiga nos presentó, no pude dejar de notar lo atractiva que era su sonrisa; hablaba de cosas que de inmediato captaron mi atención, teníamos tanto en común. Pronto ya no escuché más sus palabras, sólo pude perderme en sus ojos y todo el contexto desapareció. Lo notó, lo sé. Desde el principio supo que me tenía por completo.

Después de esa primera ocasión en que se presentó en mi mundo, no pude hacer más que pensar en él, ¿habrá notado también mi sonrisa?, ¿le parecí linda?, ¿lo vería alguna otra vez? Las respuestas a estas preguntas eran sólo «quizás» que yo, esperanzadamente, orientaba más hacia un «sí».

Finalmente, un día como cualquiera en el chat, saltó una notificación que requería mi aprobación para que él estuviese entre mis contactos. No vacilé, pero sí esperé que fuese él quien diera el primer paso. Permanecí con la ventana de nuestra conversación, aún sin comenzar, abierta; esperando, hasta que mi corazón dio un vuelco al leer: «…está escribiendo«.

«Hola«. Fue el principio de toda esta historia. «Hola«, respondí, añadiendo una sonrisa a la expresión; para que supiese, sin contarle, que estaba feliz de charlar con él. A partir de entonces me volví adicta a leer sus palabras, a su manera de conversar, a las risas que hacía brotar de mí con sus ocurrencias. Noches y días de esperar que se encontrase «en línea», y de sentirme feliz cada vez que veía en la esquina de mi computador: «… acaba de iniciar sesión«. Por fin, dijo las palabras que esperé oír desde el primer día: «¿te gustaría salir conmigo?». La respuesta fue obvia.

Salimos una vez, dos, veinte, y cada encuentro era siempre más hermoso que el anterior; estaba enamorada de él y la forma en que me cuidaba y me llenaba de detalles me decía que sentía igual. Comenzamos a crear un lazo; algo más allá de la amistad que nos planteamos en principio. Adoré la tarde en que, nervioso, me pidió que fuera su novia. Todo fue tan mágico, su mirada, su voz titubeante al pronunciar las palabras, el lugar que eligió para atreverse a dar el paso… las flores. Por supuesto que dije que sí.

Ahora estaba rendida ante él y quería que todos supiesen lo afortunada que era; mis amigos, mis padres, ¡el mundo entero debía saber que había encontrado al hombre de mi vida!

Algo extraño sucedió aquella vez, en la reunión con sus amigos, algo que no entendí del todo, en su momento; hasta hoy. Me senté como siempre al lado suyo y su amigo decidió ocupar el asiento contiguo; charlamos y después de un rato mi copa se vació. El joven me preguntó si me apetecía otro trago; dije que sí, en realidad lo estaba pasando bien, todos eran muy amables. Pero a él pareció no agradarle este gesto, le noté raro y pensé que había sido mi imaginación. Accidentalmente mi tenedor resbaló de la mesa y al mismo tiempo que me disponía a levantarlo, su amigo hacía lo mismo; lo entregó en mi mano y sonrió. Lo tomé rápidamente y lo deposité en su sitio. Pasados tres minutos le oí decir: «nos vamos, despídete». Lo hice.

De camino a casa aparcó el coche cerca de un parque, noté que estaba molesto, porque conducía a gran velocidad; tuve miedo de que algo nos pasara. «¿Te gusta?», preguntó encolerizado, con el rostro enrojecido y amenazante. Yo estaba confundida, claro que estaba en su derecho de sentir celos; pero su nivel de ira, estaba muy por encima de los hechos. Traté de explicar, lo mejor que pude, que no fue mi intención que las cosas sucedieran así, tan propensas a malinterpretarse. No escuchó media palabra de lo que intentaba comunicarle, se acercó muy cerca mío y me gritó que era una cualquiera, seguidamente de una bofetada. Abordamos de nuevo el auto y lloré las lágrimas más confusas de mi vida, ¿qué había sido todo aquello?

De noche, en casa, no pude dormir. Repasé una y otra vez lo sucedido. Él no eras así, entonces, ¿qué hice para que se sintiese de aquél modo? Pensé en mi actitud, no estaba segura de cómo había ocurrido todo, tal vez también yo sonreí al interactuar con aquel extraño, tal vez mi comportamiento le hizo pensar a su amigo que yo coqueteaba con él y, por ende, a él también. Resolví con humor que todo había sido un gran malentendido y como él me amaba tanto, el miedo de perderme o verme en brazos de otro, lo había llevado a aquel estado; incluso me pareció tierno. Tenía ante mí una prueba de lo mucho que le importaba tenerme a su lado. Lo dejé pasar.

Trascurrieron los meses y seguíamos juntos, lo amaba cada vez más; desde la noche de la reunión a entonces, ocurrían de vez en cuando cosas similares, pero para mí eran nada, comparadas con los detalles y los momentos felices que me hacía vivir. Yo sólo quería entregarle todo lo que era y comprobar que sus miedos eran infundados. Yo era suya, entera.

Mi oportunidad de regalarle seguridad en cuanto a lo nuestro llegó. Sentados a la sala del que, hasta ese día, fue mi hogar; argumentaba a mi padre lo feliz que le haría que yo me convirtiese en su esposa; cargaba consigo un anillo hermoso que colocó en mi mano, y expresó su sentir acerca de nuestro compromiso. Mi madre, conmovida, me invitaba con su mirada a dar el siguiente paso; mi padre, resignado, pero alegre, accedió a darle mi mano. Me sentí la mujer más feliz del mundo.

Los primeros meses de matrimonio fueron inolvidables, la luna de miel, nuestros primeros momentos completamente a solas; lo compartíamos todo. Era mi cuento de hadas plasmado a la realidad... O esto pensé por al menos un tiempo.

Recuerdo la segunda vez que se presentó en mi mundo, puedo decir que fue cuando realmente lo conocí. Era alguien diferente; nada quedaba de aquel muchacho encantador de quien me enamoré y poco a poco, nada fue quedando de mí.

Ya no nos era posible salir juntos, ya no era posible salir sola; siempre que tomaba una decisión por mi cuenta era errónea o tenía un trasfondo maligno de mi parte. Yo andaba por la vida buscando con quien acostarme, a quien seducir o cómo perjudicar nuestra unión o sencillamente era demasiado estúpida al realizar la menor de las tareas.

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Estas fueron sus palabras cada vez que, enfurecido, me halaba de los cabellos y me abofeteaba hasta el cansancio; de nada valían mis explicaciones, mis súplicas… Mi llanto.  Ya no sé dónde estaba mi mente. Apenas y percibía el estruendo seco que hacía la puerta al cerrarse con furia tras de él. Me quedaba ahí, dolorida, vacía, sintiéndome basura, sollozando y bebiendo lágrimas mezcladas con sangre; encogida en algún lugar de mi casa, meciéndome como una demente para acunar el dolor del alma. Alguna vez, escuché una voz dentro de mi mente decir: «lo odio».

Mis hermanas y lo que quedaba de mis amistades, solían visitarme de vez en cuando; a veces telefoneaban para avisar que estarían pasando por casa. Entonces yo preparaba muy bien mi máscara; vaciaba los cajones del tocador y como un patético payaso, un payaso triste; maquillaba mi rostro, para que nadie supiese que tras él había huellas de dolor. Me volví profesional en sonreír y disimular; en mentir.

Había otras ocasiones en que no les era posible llamarme o querían darme una sorpresa y me visitaban; era cuando me encontraban maltrecha, llena de moratones y descuidada. Entonces yo preparaba mi otra máscara: la de mi inexistente torpeza. Siempre me sucedía algo: «me quemé preparando la cena», «me caí de camino al cuarto de lavado», «me asaltaron», «me he golpeado con el pomo de la puerta». Nunca convencí a nadie. Nunca tomaron acciones en mi vida, porque no lo permití; alguna vez una de mis hermanas preguntó directamente, si él me hacía daño; me ofendí mucho y le pedí que se marchase de mi casa. Yo le di el poder, de incluso dominar mi voluntad de huir.

Cuando volvía a casa después de alguna discusión fuerte, su semblante me partía el alma. Yo intentaba no hablarle, no hacer contacto alguno; porque dentro de mí pensaba que aún tenía «dignidad», para hacer el papel de enojada. Llegaba hasta mí con un ramo de flores, lloraba y me rogaba perdón; me decía mil veces que era un tonto, que no sabía cómo se había escapado de sus manos aquella situación; pero también me dejaba muy claro que hubo algo que yo había hecho para provocarlo; porque él «no era así», porque él me amaba con todas sus fuerzas: «verdad que tú lo sabes, sabes que te adoro, perdóname; no quiero que estemos enojados ¿ya vas a portarte bien?». Sus palabras me sabían amargas, yo aún estaba lastimada; mi ser entero lo estaba.

Pero lo amaba tanto, quizá todo aquello era un mal trago, algo pasajero que se iría con el tiempo; si yo ponía de mi parte, claro, y llegaba a ser la mujer que él necesitaba que yo fuese. Poco a poco aprendí a ver con sus ojos lo injusta que era al juzgarle, algo había en su alma que yo debía sanar; estaba obligada a ello. El ser que me amedrentaba dormía entonces en mis brazos, como el más indefenso de los seres; mostrando para mí su «verdadera» naturaleza. Lo observaba dormir apacible, velaba su sueño y me convencía de que yo era la culpable de sus transformaciones, que nos herían a los dos.

Uno, dos días éramos felices; hasta que yo lo hacía de nuevo. Alguien me saludó en la calle y respondí, el desayuno tenía demasiada sal, tenía muy poca; no quería desayunar y serví el desayuno, compré un vestido de tan mal gusto que parecía una mujerzuela, las ventanas que daban a la calle estaban abiertas, ¿a quién quería observar?, el amigo de Laura preguntó por mí, su pantalón favorito se manchó de lejía.

La última vez que recuerdo, me preparaba a darle la noticia de mi embarazo, estaba muy contenta; quizás eso era lo que nos hacía falta para devolverle a luz a nuestro amor, quizás un hijo le haría ver que mi compromiso de amarlo para siempre era real; ahora habría entre nosotros un lazo más allá de las palabras. Regresé en taxi de recoger los resultados de la prueba; camino a casa los leí una y otra vez, ¡realmente estaba feliz, no podía esperar a que lo supiera, casi saltaba de la emoción! El conductor me preguntó el por qué de mi sonrisa, le confesé que muy pronto sería madre por primera vez y que iba  contarle a mi esposo. Llegamos, el taxista abrió para mí la puerta del coche y me deseo muy buena suerte, en medio del furor, de la felicidad que me provocaba aquello le agradecí y lo abracé durante no más de tres segundos… Mi esposo doblaba la esquina.

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Saludó de lejos, tomó mi mano y me condujo al interior de nuestra casa. Con solamente ver sus ojos supe lo que pasaría. Recuerdo que pude escuchar el motor del taxi al emprender marcha.

El primer golpe no fue una bofetada, cerró su puño y lo estrelló repetidamente contra mi cara. No pude decir nada, traté de alcanzar mi bolso; los resultados de la prueba estaban ahí. Tal vez no iba a creerme que el bebé era suyo, pero eso ahora ya no me importaba; pensaba que si sabía que estaba encinta cesaría su ataque, que tendría compasión. Rodeó mi cuello con sus manos cerradas alrededor de él, sentí que perdía el conocimiento, pensé en mi hijo e hice un esfuerzo sobrehumano para escaparme de aquel abrazo que amenazaba con sofocarme. En ese instante, comprendí que me había equivocado al justificarlo, entendí con dolor que jamás cambiaría, que debí alejarme de él desde aquel primer incidente.

Pude haberme evitado tanto dolor, de haber sabido lo que supe entonces. Me sentí caer al suelo, mi vista ya nublada por la sangre que había entrado a mis ojos, entonces observé que pateaba mi estómago y sentí terror. No recuerdo mucho más, todo se oscureció.

Hoy ha venido de nuevo a verme, me trajo flores. Y como siempre ha vuelto a expresar que fue un tonto, que no sé cuánto me ama, llora como un niño desprotegido y se derrumba de rodillas en el suelo.

Tal vez no sabe que, desde mi tumba no puedo decir «te perdono».

Aunque lo único que, en verdad, quisiera poder decirle es: «si alguna vez encuentras de nuevo una buena mujer, por favor, no la destruyas…».