EL SILENCIO QUE CONSUME…

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Hay
días en lo que te sientes harto, harto de mirar, de observar, de escuchar, de
dejar de sonreír, pues te preguntas que es lo más valiente que has hecho, sin
piedad te miras a los ojos y respondes – “continuar con mi vida cuando quería
morir” . Sí, hay momentos en los que sientes que el hogar te atrapa, buscando
que una lágrima limpie lo que el dolor ha construido, un dolor que trae
recuerdos, que alimenta el enojo que guardas desde el fondo. Un tiempo difícil,
un silencio que consume, que se vuelve violento, y que te hace respirar
ansiedad, dejando tu paz inquieta.

Te
vuelves esclavo del destino, fingiendo y saboteando tu presente, gritando
ahogándote en el estrés que se respira cada que la razón se vuelve una acción.
Asimilo mis errores como parte de la vida, buscando la luz entre las sombras,
nada que temer, nada que perder, solo siguiendo una palabra fiel. Intentando
vivir tu propio cielo, más allá de las rejas del pasado.

El
tiempo se detiene, el furor desnuda tu orgullo, tirando los papeles, pensando
que algún día serás capaz de hacer todo lo que realmente te hace feliz. El
miedo me indica que estoy harto, harto de maquillar lo que me atormenta, lo que
me irrita, harto de amar tanto sin saber nada, harto de pensar y no dejarme
sentir, harto de buscar y no saber que es con exactitud lo que quiero encontrar,
harto de intentar ser bueno, harto de extrañar quién eras, harto de resistirme
y de no  aceptar las cosas tal y como
son.

Estoy
harto, solo quiero salir de esta ciudad áspera, no con la cabeza agachada, no
porque sea un cobarde, no porque quiera dejar y evadir mi cruda realidad, solo
quiero respirar, soltar y liberar al hombre que encierro. Estoy harto de
controlar mi ira, de intentar decir la verdad y hacerlo de una manera que menos
duela. Estoy harto de sonreír, cuando no me apetece, estoy harto de buscar y
regalar sonrisas, cuando me gustaría que me roben una. Estoy harto de esperar,
de esperar cosas invisibles, estoy intentando no enamorarme de cosas
insignificantes, esas que a simple vista no son grandes. Estoy harto de ser
sensible, de llorar cuando tomo lápiz y papel, buscando un poco de consuelo en
cada calma inalcanzable. Estoy harto de fingir escusas, harto de sentir una
decepción constante, esa decepción en la que la soledad es mi amuleto. Estoy
harto de no saber llamar, de no saber pedirle al mundo un abrazo, un beso o un
fuerte apretón de manos. Estoy harto de escuchar y no ser escuchado, estoy
harto de sentir el frio, harto del cansancio, de querer escapar sin ser visto.

Estoy
harto de echar desmadre, de beber creyendo que el desmadre es mi mejor
psicólogo, estoy harto de que mi mente sea mi peor enemigo, siendo muy duro,
volviéndome mi verdugo, haciendo pactos en los que pierdes el norte, en los que
buscas un respiro hondo, donde el mundo callé.  Estoy harto de ver que el tiempo pasa y yo me
vuelvo un recuerdo, de tener insomnio, Estoy harto de suplicar afecto, estoy harto de no permitirme ser imperfecto.

De discutir con mi ángel y
mi demonio.