El placer de oírte gemir

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Ya no somos unos críos y sabemos cómo llegar a rematar la jugada cuando queramos. Tú tan fuera de lugar, tantas cartas y jugar tan mal.
Esa misma noche, en aquel antro, tú con tu típico rollo de chico malo que no te pega nada y yo era la «mojigata» con la que apostaste jugar. ¿Qué pasó? ¿El refunfuñón acabó colado por la mojigata?

Esa misma noche, te diste cuenta de que el tiro te iba a salir por la culata. En ese mismo instante que te acercaste sólo para invitarme a una copa y viste esa misma sonrisa por la que ahora matarías, sabías que ya no era una simple apuesta con un par de amigos borrachos.
Y lo sé, porque tu cara cambió al ver quién era. Hacía dos años del maldito accidente. De que mi padre te advirtiera que me dejases en paz, me miraste y te quedaste en blanco un par de segundos, porque no esperabas que fuera yo. Con esa ropa que tú y yo sabemos que mis padres odiaban… Entre mis dedos sujetando un maldito cigarro que tú un día dijiste que me haría más ruda.

¿Qué tienes, mi amor?, te susurre… Sonreí porque sabía que esa vez había ganado yo. Charlamos, porque tú tenías la maldita curiosidad de saber qué había sido de mí desde entonces y suspiraste al saber que el viejales de mi padre, estaba fuera y lejos de mi vida. Que ya no la controlaba y que mi madre perdió la esperanza en mí al saber que no llegaría a nada el retenerme por no verte. En un momento de mirada intensa soltaste «te estuve buscando, Beca», a lo que yo sólo supe sonreír por inercia y golpearte el brazo.

Aquella noche no sentí lo que pensaba que tendría que sentir al respecto, había una tensión sexual muy fuerte y tú estabas que le partirías la cara a cualquiera si me ponía un dedo encima. Y tus amigos estaban animados. Me sacaron a bailar. Yo seguía con la cerveza en la mano y un cigarrillo en la otra. El ritmo de la música daba muy poco juego y tú negaste sonriendo, como mil y un veces hiciste en mi habitación después de entrar por la ventana.

Suena a cliché, pero a ti se te daba bien ir de chico malo y mi papel era el de típica película adolescente, con unos padres controladores y una vida llena de reglas; pero ahora sólo me apetecía tenerte entre mis piernas. Y lo mejor de todo, que una vez teniéndote temblando de placer y maldecir mil veces mi nombre, me di cuenta de que ya nada era lo mismo. Ya no estaba enamorada de ti.

Yo no mataría por celos, ni tú morirías por mí.