«El número dos». ¡Lee esto! ¡No te lo puedes perder!

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 El número dos.

Querer es poder; el cielo es el límite; sonríe y la fuerza estará contigo; no es lo que miras sino cómo lo miras; para hacer un mundo mejor hay que ser uno mejor… Y así. Todas son frases que a diario, desde hace muchos años, se publican por todos lados. Todas socialmente correctas, todas desbordando optimismo y todas culpables de que los incautos -o peor aún- los ingenuos, afirmen, confirmen y reafirmen el voluntario deseo de cargar en la espalda una loza, que tiene grabada la siguiente frase: eres diferente, eres especial y tu llamado -que no se diga tu obligación- es el éxito.

Pues eso. Ahí está, tan simple y tan fatal, que nadie discuta que cada ser humano es diferente al otro, pero que esas diferencias, que nos hacen especiales, puedan guiar de manera inevitable a una persona al éxito o a la felicidad -por favor- se requiere tener muy poca materia gris para entenderlo de esa manera.
Y es que hay que decirlo con todas sus letras, de una vez: nadie está obligado a tener éxito, a ser el número uno, a pararse en la cima de la montaña, a ser un Corleone, a ser el Héroe de Gondor, ni a que lo confundan con James Bond. Así ya.
A lo que sí estamos llamados es a disfrutar el camino, a beber la vida a tragos cuando jóvenes, y a disfrutarla -como se disfruta un buen Rioja– cuando maduros, estamos llamados a llenar nuestras arcas de amaneceres, nuestros bolsillos de recuerdos, y nuestras noches de amor, ya sea el amor carnal, el fraternal, el conyugal o el parental. A gastar nuestras sandalias, pero también a rascarnos el ombligo, a ser de alguien el mejor amigo y a ser también -a veces- un perfecto canalla. Estamos llamados también a reirnos de la vida, de nuestra suerte, y de una buena broma, incluso si uno es el idiota que figura en ella. A reconocer la felicidad y repetirla cada que se pueda. Así, sencillito.
Ya estoy escuchando a los fitness couch, a los motivadores de turno, y a los fans de Coello -como quiera que se escriba- que hay que dar lo mejor, para ser el mejor, para lograr el éxito, para ser el Jack Dawson de nuestra propia película. Pues bien, yo a ellos les digo que yo prefiero ser el Director y que se pueden quedar con el protagónico, con el estrés, con el cansancio, con el sacrificio, con las desveladas, y con el valioso reconocimiento que ello implica. Ya decía Nietzsche, que «los aires de la cima, los aires de montaña, son aires fríos, y que normalmente quien respira en la cima, respira solo«.
La gente de antes, no se preocupaba por el éxito, ni por el reconocimiento, se preocupaban por convivir con la familia, por gozar con los amigos, por dar de comer a sus hijos, por disfrutar el camino, pues sabían bien que ahí se encuentra la mayor recompensa y -que en esa humilde empresa- está el verdadero éxito.