El mejor abrazo

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Y te vi.

Tenía mucho sin verte, pero jamás se había borrado tu cara de mi mente, a pesar del tiempo te recordaba tal cual, incluso te veías mejor.

Te abracé antes que cualquier cosa, antes que preguntar, hablar, saludar, simplemente nos abrazamos. Pude sentir mis lágrimas correr por mis mejillas y sólo pensaba: ¡Te he extrañado tanto! No quería soltarte, ni siquiera quería decirte cuánta falta me habías hecho, sólo quería demostrarte cuánto te quería y que no quería separarme de ti.

Nos separamos lentamente, tu sonrisa era inmensa, como siempre me sonreías, tus ojos se arrugaban al reír y mi sonrisa era más grande que la tuya por estar frente a ti.

¿Cómo has estado?-dijiste.

«Mal», quise decir, quise decir que desde que te habías ido estaba mal, triste, y sola, pero aunque doliera no era así. Te había extrañado demasiado, sin duda, pero había estado bien y quería contarte todo lo que te habías perdido, todo lo que había hecho en tu ausencia, todas las cosas triviales que me habían pasado. Tú escuchaste cada cosa, sonreías, asentías, incluso querías reprenderme con algunas, pero sólo movías la cabeza como antes, cuando no querías regañarme, pero sin decir ni una palabra yo lo sabía.

No quería alejarme de ti, te tocaba la mano, el brazo, la cara, te abrazaba mientras caminábamos.

Nunca habíamos venido aquí-te dije.

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Y era cierto, jamás nos habíamos visto en ese lugar, ni siquiera recordaba que me lo hubiera mencionado, pero eso no importaba ahora estábamos aquí y sólo quería miles de abrazos de esos que jamás olvidas, de esos que toda la vida vas a extrañar.

Era un abrazo de esos que curan todo, el alma, los corazones rotos y todas las tristezas que puedan existir.

Tengo que irme-dijiste.

Quédate otro rato, por favor-respondí.

«No puedo, ya es tarde y tú tienes que despertar».