El inicio del caos… Capítulo 2

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Cuando tenía 20 años y tras la enfermedad de mi mamá, sufrí una temporada de ataques de ansiedad en los que tenía ganas de salir corriendo y ponerme frente al primer coche que encontrara, de cerrar los ojos y hacer que el tiempo se detuviera, que todo a mi alrededor desapareciera y que yo no tuviera que lidiar con nada más.

Luego de un tiempo y claro, terapia, superé esos episodios que de acuerdo con los expertos fueron resultado de un cansancio extremo de mi cuerpo y de mi mente, que estuvieron bajo estrés por mucho tiempo, como una descompensación.

Cuando desperté un Domingo alrededor del medio día (nunca he sido fan de levantarme temprano y estando enferma por primera vez en mi vida nadie me echaba pleito por eso) y vi mi almohada llena de cabello, fue que sentí esa familiar sensación de opresión en mi pecho de nuevo. Me moví lentamente y fue hasta que llegué frente al espejo que me pasé los dedos por el cabello de arriba hacia abajo, trayendo conmigo varios de ellos; había llegado lo inevitable.

Me derrumbé, completamente. Era la primera vez que me permitía llorar sin remordimiento desde que me dieron la noticia de mi enfermedad, porque había decidido hacerle frente y ser fuerte ante mi familia, pero esta vez no lo pude controlar. Lloraba sin poder parar, seguía pasando las manos por mi cabello y los que caían los hacia bola entre mis dedos mientras las lágrimas continuaban.

Sin embargo, esta vez no podía salir corriendo, me asomé por la ventana y el mundo se me hizo demasiado grande, yo era un ente demasiado pequeño como para que le importara a los demás mi pequeña crisis nerviosa, toda la gente afuera se seguía moviendo, viviendo. ¿A quién le afectaba que yo me quedara sin cabello? A absolutamente nadie.

Necesitaba hacer mi mundo más pequeño. Incluso el cuarto en el que había estado encerrada por semanas me parecía demasiado grande e irónicamente, aún así sentía que no había suficiente aire en él para mi. Abrí las puertas de mi clóset que debe medir a lo mucho un metro de ancho y lancé toda la ropa a la cama hasta dejarlo vacío. No dudé ni un segundo, me senté dentro con las piernas pegadas al cuerpo y cerré las puertas.

Duré cerca de una hora encerrada en el clóset, abrazándome las piernas en la oscuridad e intentando respirar. Me sentía tan débil, tan insignificante. Fue la primera vez que creí que no lo iba a lograr…