El hombre del que me enamoré…

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Me enamoré de un hombre tan cálido como las brasas que se encuentran en el fuego, pero que a veces era más frío que un tempano de hielo. Cuando miraba sus ojos podía ver el cielo, mientras que sus besos me hacían arder en el infierno, me derretía entre sus brazos, todo mi cuerpo temblaba y parecía que me iba a desplomar, me estremecía tanto que parecía que parecía gelatina a medio cuajar.

Bastaba un sólo beso para que desatáramos el infierno en lo impávido de la noche, en las tardes lluviosas o soleadas y por las mañanas, adoraba recibir el día escuchando el canto de los gallos, mientras me envolvía en sus brazos. Es claro que él desataba un mundo de emociones y sensaciones, hacía explotar cada rincón en mi interior y en mi exterior.

Lo creí distinto, especial, pero ya no está. Quisiera navegar en un mar de calma y desaparecer toda esta tempestad que me hace hipar, sé que primero debo sacar todo lo que quisiera decir aunque no esté aquí, quiero besar sus labios y detener el tiempo nuevamente, quiero ser eco en su piel, crear la primavera en su mirar y decirle mi amor una vez más.

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Me enamoré de su sonrisa, esa que arruinaba mi orgullo y me incitaba a querer morir dentro de sus órbitas, creí que había encontrado el amor, que habíamos encontrado el amor, que él y yo éramos una pareja en un millón, pero eso no pasó.
Me enamoré de sus mentiras piadosas disfrazadas de besos apasionados y también me enamoré de sus perlas marrones. Me enamoré y sigo enamorada, aun después de su partida; ahora, sólo estamos mi soledad, mis cigarrillos y yo.

Le di el corazón a quien sólo busca la piel, le di el mapa de mis puntos endebles a quien sólo buscaba clavarme espinas, yo quería dormir eternamente en su pecho y él sólo quería disfrutar del mío. Dejé que acariciara mi alma y él sólo me dejaba tocar su piel, nunca entré en su mirar, ni en su vida, ni en su pensar. Tuve la fortuna de conocerlo, llegó sin aviso; su partida fue ineludible, se marchó con el sol ocultándose en el cielo. Me pidió «que no llorara» y me abrazó tan fuerte como si quisiera reparar lo que rompió…

Sabía que no era así, me volvió a mentir.