El chocolate…

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Ay chocolate, chocolate… Cuántas noches me desvelaste, cuánta energía y tiempo invertí en ti, perdí la cuenta de las lágrimas y letras que alguna vez fueron tuyas…

Y sí… Tú eras el chocolate, ese que tanto me fascina, ese que es tan prohibido, ese que me enferma, me hace daño y sin embargo, no puedo evitarlo. Sólo piensa en aquello a lo que no puedes resistirte, tu comida favorita, un café, un cigarro, un cuadro, el agua, un aroma, una película; para mí es el chocolate y todo lo que me genera tantas sensaciones a la vez: Placer, gusto, culpa, dolor, alegría. Por más consciente del daño que me hacías, continuaba contemplándote, comiéndote, añorándote, soñándote.

Tiempo, mucho tiempo después entendí que aunque el chocolate es lo que siempre he querido, no es lo que necesito. Es nocivo y tentador al mismo tiempo, me embruja de vez en cuando y me intenta engañar cruzándose silencioso en todos sus sabores, presentaciones y colores…

Pero ahora, prefiero los caramelos de coco.