Día a día.

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Para aquella niña que sólo sabía sonreír. Ante todo no dejes de hacerlo. 
Hubo un día en el que te sentiste más fuerte que ningun otro individuo que pisara la misma tierra que tu pisabas, sin contar continentes ni fronteras y sin contar, ni si quiera, el mar. Ese día abriste los ojos y observaste el mundo, sin llegar a entender por qué una mujer sollozaba a unos cuántos pasos de ti, por qué algunos niños incordiaban a otro, por qué aquella chiquilla insultaba a su amigo ni porque otro amigo empujaba a aquella a quien decía amar. Tampoco entendiste por qué a tus pies había un hombre que pedía un poco de pan y en la calle de al lado algún que otro señor desmayado sobre una botella de ron. No entendiste por qué tu dormías bajo un techo de hormigón y ellos se conformaban como el cartón. Y tampoco pudiste comprender como podían aguantar aquel frío. Y quisiste ofrecerles tu mantita azul. 
Viste a un hombre arrastrar los pies hasta casa, a solo una mujer, entre tantas, vestida con traje de chaqueta y maletín. Y otras tantas, la gran mayoría, vistiendo un delantal. Viste gente humilde, muy poca. Te decían y tu escuchabas. Te contaban mil historias e historietas, cuentos y cuentos. Que hace apenas mil años existían varios dioses, hombres que construian pirámides, niños que tenían su casa en la selva, conquistadores egoístas pero con apariencia de libertadores, civilizaciones que se conformaban con solo una hoguera que calentara sus manos. Un mundo de hielo que un día cualquiera se derritió.
Quizás ni si quiera llegabas a entender por qué llovía tanto en meses de verano, o por qué hacía calor en pleno Febrero. Te habían enseñado que eso no era lo normal. Pasaste tu corta vida aprendiendo que era lo adecuado y lo inadecuado, correcto y lo incorrecto. Aprendiste a rezar cuando ni si quiera sabías hablar con soltura. A arrodillarte.
Llegabas a casa, tu madre te esperaba, la veías como una luchadora. Encendías aquel aparato que te transportaba hacia otros lugares del mismo planeta, hacía otros pies que pisaban la misma tierra. Veías hombres llorando, aunque se suponía que ellos no lloraban. Veías mujeres correr. Niños de tu edad con 30 kilos menos que tu. ¿Por qué ellos no podían merendar chocolate? Tu lo compartirías con todos. No comprendías por qué se bañaban en el mar con tanto frío: mira mamá, ¡que valientes! Si que lo eran.
Papá llegaba a casa, y casi no miraba lo que dejaba a su paso. Casi no te miraba. Casi no miraba a mamá. Parecía enfadado, quizás un abrazo le ayudaría. Pero no le ayudó. 
Te ibas a la cama y solo escuchabas el silencio.
No sabías qué era la felicidad, qué conseguía que los músculos de tu rostro respondieran formando hoyuelos en la comisura de los labios. Que ciencia más extraña. No entendías el amor, ni lo entendrás. Solo sentirás fuerte y bonito. Mirarás bonito y te mirarán bonito. No imaginabas que pudiera ser de otra forma, que tu rostro respondería empapándose de tus propias lágrimas en algunas ocasiones, muchas. Caminabas, sin un rumbo aparente o con sentido y sólo veías el trasiego de papeles de colores. La gente mataba por estos papeles. Tu podrías crear tantos de ellos con tus lápices de colores… Los harías incluso más bonitos. Jugaban niños, circulaban coches, hombres y mujeres se movían por responsabilidades y deberes que ni siquiera entendían. Caminabamos por caminar. La gente se marchaba al cielo, que parecía estar bastante lejos. Sabías de la existencia del tiempo solo por el cambio de tu propio cuerpo.

 Lanzabas una moneda sin saber quién era cara y quién era cruz.

 Un perrito alcanzaba tus pasos… parecía hambriento, le dabas un poco de pan y el se encariñaba contigo. Que agradecido, más que muchos de aquellos que caminaban con dos patas y intercambiaban carátulas de respeto.
No entendías el mundo ni sabías por qué era el mundo. 
¨El día a día se hace duro, el futuro es oscuro, lo puro permanece y se conoce como algo seguro, lo que se desvanece parece no pudo aguantar entre tantas heces, tuvo que escapar. Y qué mas da, si cada uno tiene lo que se merece, o eso dicen. Yo busco roces en el artifice, el vértice donde se junten todos tus matices. Que mi índice señale el horizonte más difícil, pero más dulce¨.

Para aquella niña que ya creció, y que sigue sonriendo.