-De un amor platónico, a lo real- Parte VI

0

PARTE  VI

 

Al día siguiente Laia comenzó a arreglarse más temprano de lo usual, y eso debido a que no consiguió dormir las últimas horas en que el sol aún no salía, por más cansada que se sintiera. Se miró al espejo y como reflejo había una Laia que se desconocía a si misma; tenía unas muy marcadas ojeras y los ojos inflamados por llorar demasiado, su sonrisa no resplandeció al mirarse, como lo era de costumbre, sus labios permanecían en línea recta. Fue una muy mala noche, pero ella no dejaría que nadie se diera cuenta de ello, o por lo menos esa fue su intención por un instante.

Nuevamente tomó una larga ducha, quizá más larga que la que tomó antes de dormir ese par de horas, al fin y al cabo faltaba mucho tiempo antes de que la hora de ir a clases llegara. Ella solo se ponía bajo las gotas de agua que acariciaban su cuerpo desde el cabello hasta los pies, las miraba salir de la regadera y finalmente perderse en la tarjea —qué rápido se esfuma todo…— pensó.

Después de secar su cuerpo y cabello, se envolvió en una bata de baño y fue hasta la cocina a prepararse un café para activarse un poco. Lo tomó a sorbos y sin prisa, parada en medio de su habitación. Cuando terminó con el café se puso nuevamente frente al espejo –Creo que esta vez sí tendré que usar un poco más de maquillaje que lo habitual—se dijo, mientras comenzaba a desenredar su cabello húmedo.

Aplicó corrector en las ojeras y un poco de rubor para no parecer muerta. Pintó sus labios de un tono rojo oscuro, pero sin exagerar en la intensidad. Se delineó y puso mascara de pestañas. Volvió a fijar la vista en su reflejo –Listo, creo que incluso me veo mejor que otras veces—y se dedicó a ella misma una breve y suave sonrisa.

La hora de ir a clases se acercaba, y su estómago estaba hecho un enjambre de avispas que le picaban sin compasión por dentro. Laia no quería ver a Santiago, no sabía de qué manera actuar, no sabía si decirle que ya sabía que está con alguien más o si debía esperar a que él se lo dijera si es que tendría el valor. Podría fingir que estaba enferma para atrasar esa escena un día más, pero un examen importante le aguardaba a primera hora.

Abrió el par de mensajes que se encontraban desde hace unas horas aguardando en su celular, uno de Zaira preguntando si se encontraba bien, el otro de Santiago dándole los buenos días y suponiendo que el mensaje de anoche no le había llegado. A Laia se le hizo un nudo en el pecho, pero ya no le quedaban lágrimas en ese momento.

Por más que Laia atrasara su llegada al colegio, el tiempo ansioso no le daría oportunidad de detenerse, así que una vez que ya era oficialmente tarde, Laia salió de casa  a paso medianamente apresurado. Tomó el autobús donde por un momento pareció quedarse dormida con los ojos aún abiertos, hasta que llegó a su destino. Entró a toda prisa y a lo lejos pudo ver a Santiago, quien miraba su celular recargado en la pared de su aula… él no la vio, así que ella apresuró el paso hasta llegar a su salón.

Ya es tarde, señorita—dijo la profesora en voz alta –Toma tu examen y ve al asiento que se encuentra al final de esta fila–. Laia se disculpó por la tardanza y esta vez ni siquiera se tomó la molestia de cerciorarse si Zaira ya había llegado. Se dirigió a su asiento y miró las letras en su examen, las cuales no decían nada en ese momento y entonces una gota salada cayó en la hoja de papel, después otra y otra más. Esas lágrimas cayeron nuevamente sin el permiso de Laia, y eso la hizo sentir tonta para sí misma.

Fue la última en llegar y la primera en salir. Se sentó en el pasillo fuera del salón, inmóvil y con la vista perdida… entonces Zaira se sentó a su lado, la abrazó y le susurró:

–Siento mucho tener que haber sido yo la que te diera tal noticia, pero no podía permitir que él se burlara de ti.
–Lo sé, Zai, y perdona que no te respondiera el mensaje… es sólo que… aún no puedo creerlo.
–Sé que es difícil para ti, y más aún cuando te cuesta tanto entregarte de tal manera con alguien, pero ¿sabes? Tú vales más la pena que cualquiera en esta patética ciudad y en muchos lugares más.
–Yo lo amo, Zai… ¡lo amo! ¿Por qué me mintió? ¿Por qué jugó conmigo?
Y entonces Laia se soltó a llorar en el hombro de su mejor amiga, pues sabía que no había un lugar mejor para hacerlo.

Una vez que se tranquilizó, Zaira le preguntó si ya le había dicho algo a Santiago, y Laia dijo que estaba esperando el momento indicado. Pero al parecer no tendría por qué esperar más, ya que Santiago estaba caminando hacia a ella, con cara de confusión al verla con las mejillas húmedas.

El corazón de Laia se aceleró… él pediría una explicación, y eso indudablemente haría que Laia le preguntara si hay alguien más en su vida, aunque ya supiese la respuesta.

CONTINUARÁ…

Escrito por: Mayeli Tellez