-De un amor platónico, a lo real- Parte III

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‘Entre tantas memorias ya no sé exactamente cuándo comenzó todo. Si cuando te vi por primera vez, si fue en nuestra primera charla o en nuestro primer almuerzo juntos.  Y bueno, creo que no podré saberlo con exactitud, ya que nunca es posible encontrarle un principio a cuestiones como esas. Lo cierto es que lo que era un gusto platónico terminó por robarme el alma. No sé el momento en que comencé a sentir algo más que atracción, pero sí sé que no quería que eso acabara nunca…’ Laia se detuvo un momento después de escribir eso, dejó el lápiz y se quedó mirando el papel. Ella realmente deseaba que eso no hubiese terminado jamás.

 

Laia despertó sobresaltada. No sabía qué hora era, y le dolía todo el cuerpo por dormir mal acomodada recargada aun en su escritorio, encima del teclado de la computadora. Volvió a leer fragmentos de la conversación que había tenido con Santi, una y otra vez, y en cada vez volvía a sonreír. Cuando desvió un poco la mirada a una esquina de la pantalla… ¡Era tardísimo!.

Laia se metió a bañar a toda prisa, se vistió y ni siquiera tuvo tiempo de comer. Tomó el transporte público y al llegar a la escuela, con paso apresurado se dirigió a su aula. Y ¡oh milagro! La profesora de Lectura y redacción aún no había llegado. El alma de Laia descansó, no le gustaba llegar tarde o al menos después que los profesores. Buscó a Zaira con la mirada y no la vio, ella tampoco acostumbra a llegar tarde… quizá fue al baño.

Amiga, no iré hoy a clases, me duele un poco el estómago– decía el mensaje que mandó Zaira, unos minutos después –Oh, bueno Zai, no te preocupes. Espero que te mejores y poder verte mañana. Tengo cosas que contarte. Te quiero– le respondió Laia, quien estaba un poco aterrada porque Zaira es la única con quien está siempre en clase. Claro, Laia tenía otros amigos, pero a su vez ellos ya tienen cómo pasar el día. Laia siempre lo pasaba con Zaira, de un lado a otro, juntas.

Entonces llegó la hora del almuerzo y Laia trataba de actuar como si su casi hermana no estuviera ausente. Así que tomó valor y salió del salón. –Hay personas que andan solas de allá para acá, e incluso van solas al cine. ¿Por qué a mí me cuesta taaaanto? Camina, camina, actúa normal… – se decía Laila. Entró a la cafetería, que por suerte no estaba tan llena ya que la profesora los dejó salir unos minutos antes. Buscó con la vista a Santiago, él no estaba ahí. Ella se sentó en una mesa de dos y comenzó a jugar con su cabello… jugar… jugar… hasta que sus parpados comenzaron a sentirse pesados… jugar… jugar… ju… dormir.

En sus sueños había un árbol gigante a lo lejos, y ella comenzó a correr hacia él. Se asombraba de lo magnifico y grandioso que se veía, y le dieron muchas ganas de escalarlo. Ella subía y subía, seguro la vista desde ahí sería majestuosa. En una rama, había un pajarillo, y este le decía que tuviera cuidado, pues no siempre lo que parece ser, es. Ella quedaba desconcertada. Luego el pajarillo echaba una carcajada… y otra, y otra más y salió volando; Laia despertó de un brinco.

La carcajada era de Santiago, quien estaba sentado frente a ella. –Buenos día señorita que tropieza, lamento informarle que ya amaneció- le dijo él, tratando de aguantar la risa que le provocó ese saltito final antes de despertar que dio Laia. Ella estaba muy apenada, demasiado, y no sabía si reír o correr. Pero bueno, sería más ridículo correr, así que se rio también aunque realmente la escena no le causó nada de gracia.

-Y bueno, ¿Ya quieres comer?- le dijo él.
–No, no tengo mucha hambre-
–Bueno, entonces tendrás que hacer que te de hambre, porque te pedí el menú del día-.
Él fue por la comida que ya estaba lista y comenzaron a almorzar.
–Y entonces ¿por qué tan sola? Te he visto con una chica, que debe ser tu mejor amiga, siempre andan juntas-
— Ah, bueno, ella se sentía mal… espera, ¿ya me habías visto antes?
–Si, ya te había visto, desde el inicio de curso-
— ¡Woh! Lo siento, es decir, no te había visto a ti hasta hace apenas algunas semanas.
–Sí, bueno, siempre intento pasar desapercibido.
— Pues ya somos dos…
— jaja, bueno, creo que a ti no te ha resultado mucho, Laia. Eres como un dulce en medio de un círculo de personas que intentan dejar el azúcar. Imposible no voltear a verte.

Laia se sonrojó, y quiso ocultarlo fingiendo que tocia. Realmente no sabía si eso era algún tipo de cumplido, pero la manera en que lo dijo fue muy agradable. Santiago le dijo que si podrían salir el sábado, y ella aceptó. Realmente las cosas estaban resultando bien, aunque ella no sabía si él estaba realmente interesado en ella. Tal vez sólo creía que ella era agradable, o iba a pedirle consejos para enamorar a otra chica. Ella no sabía mucho de él, sobre su vida, y tampoco él sabía mucho sobre ella. Fuese lo que fuese, un vago sueño de Laia se estaba cumpliendo. Vago, porque ella realmente nunca tuvo intención de hablarle. No deseaba con ansias locas poder conocerlo. Ella era feliz solo viéndolo de lejos, pero las cosas se fueron dando solas… cumpliendo un sueño que Laia no tenía.

Llegó el sábado, y ella no sabía cómo debía vestir. Él ni siquiera quiso decirle a dónde irían, sólo la citó en el parque central, ahí ‘verían qué hacer’. Decidió no proyectarse mucho, así que se puso unos jeans y una blusa de tirantes. Dejó su cabello suelto y se maquilló lo más natural posible.  Llegó puntual y ahí estaba él. Comenzaron a charlar, a caminar. Ellos no sabían todo lo que ese día aguardaba.

CONTINUARÁ…

Escrito por: Mayeli Tellez