-De un amor platónico, a lo real- parte II

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‘Jamás olvidaré cuando hablamos por primera vez, me atrevo a decir que la conexión fue inmediata. Incluso el silencio era cómodo cuando se nos agotaba la charla. En ese momento plantaste una semilla en mi corazón; sí, me gustabas… pero el cómo me sentí contigo en esos instantes, significó el primer paso para comenzar a quererte como nunca quise a nadie’ escribió Laia, con un nudo en el pecho.

 

El profesor de matemáticas dejó salir al grupo de Laia unos minutos después de la hora en que debía hacerlo. El día había sido un poco agotador y ella ansiaba poder llegar a casa. Ya estaba oscuro, tenía que apresurarse porque si de por sí no le gradaba andar sola por las calles, ya oscuro le parecía aun peor. Una vez finalizada la clase, Laia tomó rápido su mochila, se despidió de Zaira y salió disparada del salón. Estaba un poco desanimada porque tampoco había visto a Santiago desde que entró a clases, y eso significaba una sonrisa menos en el día.

El autobús estaba muy lleno y eso malhumoraba a Laia, digo, a nadie le gusta ir apretujado. Se puso sus audífonos para olvidar un poco lo cansado que estuvo el día, cerró los ojos por un momento mientras se sostenía para no caer, pues no alcanzó un asiento. De repente, el chofer dio un frenón y eso desequilibró a Laia, quien por ir perdida en su música no se agarró lo suficientemente fuerte y golpeó a una persona que iba a su lado. Ella recordaba que era una chica, ¿en qué momento un chico tomó su lugar? Apenada levantó la vista para pedir una disculpa, y el chico era él… Santiago, quien con mueca de dolor después soltó una carcajada por ver el rostro sonrojado de Laia –Te gusta tropezar por todos lados eh– dijo Santiago a Laia, con la voz un poco temblorosa por el dolor. Laia se quedó sin palabras  –No te preocupes, no me dolió– dijo Santiago y entonces Laia comenzó a reír, era obvio que él mentía.

¿Qué escuchas?– preguntó Santiago, mientras tomaba un audífono de Laia –¡Oh, te gusta el Rock alternativo! Qué bien, quizá pueda mostrarte algunas canciones de mi banda favorita– dijo él; –Realmente me encantaría, pero mi parada es la siguiente y ya está oscuro, debo apresurarme a llegar a casa– le contestó Laia, quien a sus adentros maldecía por no vivir unas cuadras más adelante. –Pues, si no te molesta te puedo acompañar a casa mientras te muestro las canciones, no tengo prisa– Laia asentó con la cabeza, no podía creerlo, quizá se quedó dormida en clase y eso no era más que un sueño. –Por cierto ¿Cómo te llamas?– preguntó Santiago –Laia– dijo ella –Santiago, mucho gusto– y apretaron sus manos.

Bajaron del autobús y él puso algunas canciones para ella. Caminaron, hubo lapsos de silencio pero ninguno de los dos se sentía incómodo con ello. La plática solo fluía, y ni siquiera sintieron el tiempo pasar. Hablaron unos minutos más frente a la casa de Laia, después él se despidió, ella le dio las gracias y lo vio marchar, hasta que su silueta se perdió entre los faros de la calle.

Una vez que lo perdió totalmente de vista, entró a su casa a toda prisa y marcó a Zaira para contarle todo. Tardó varios minutos en el celular hasta que su mamá le hizo colgar para que fuera a cenar. Laia no paraba de sonreír, y así fue hasta que cerró los ojos y perdió noción de la realidad. El día se tornó perfecto, y lo mejor ocurre sin ser planeado… ahora no le quedaba la menor duda a Laia sobre eso.

 

Al día siguiente Laia deseaba que ya comenzaran las clases. Se hizo un chongo relajado y se delineó los ojos; aplicó un poco de tinta roja en sus labios. Al llegar a clases ya sabía lo que esperaba… Zaira al asecho en la puerta del aula, con rostro ansioso de detalles. Laia sabía que no había ocurrido algo realmente sobresaliente, ella sabía que quizá para Santiago no era algo de importancia, quizá él acompaña chicas a sus casas mientras les muestra canciones todo el tiempo, quizá hoy ni siquiera recuerde su nombre. Eso la desanimaba, aunque por el momento la magia que le hizo sentir aun sedaba la sensación posible de desilusión. Ella deseaba verlo aunque fuese de lejos, aunque fuese por casualidad en el autobús.

No lo vio en todo el día, ni siquiera lo golpeó por no sostenerse bien en el transporte público camino a casa. Ese sí que no fue un día tan bueno. Al llegar a casa observó que Zaira le había mandado un mensaje a través de FB, y le escribía que había encontrado la cuenta de Santiago –¡agrégalo!, ahora, o lo haré yo misma– añadió.

Laia pensó que eso se vería muy apresurado, que quizá él ni siquiera la recuerde… y luego pensó que simplemente es una solicitud, así que dio click en ‘agregar a amigos’.

Después de 30 minutos, él la había aceptado, y después le mandó un mensaje –¡Hey!, eres la chica que tropieza. Laia ¿Cómo estás?– escribió Santiago, y Laia no lo podía creer ¡él la recordaba! Recordaba su nombre, y era realmente amigable. Fue así como inició una charla que duró horas. Laia temía que su mamá entrara en cualquier momento a decirle que ya apagara ‘esa cosa’ refiriéndose a su computadora. Llegó el momento en que los ojos de ambos comenzaban a cerrarse, ya eran las 4am. –Creo que ya deberíamos dormir ¿no? Laia. Muchas gracias por esta plática tan interesante, nunca había podido hablar así con alguien. ¿Qué te parece si mañana almorzamos juntos en la escuela? digo, para no dejar la charla inconclusa– escribió él. –Sí, me parece bien. Descansa Santiago, dulces sueños– respondió ella, que apenas cuando él dejó de estar en línea, cayó sobre su teclado quedándose profundamente dormida.

CONTINUARÁ…

Escrito por: Mayeli Tellez