-De un amor platónico, a lo real- Parte I

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‘Fue una torpe sonrisa la que hizo que me fijara en ti; tus hoyuelos, quizá ese tímido rubor que se formó en tus mejillas… no lo sé, tan sólo deseaba conocerte más’. Escribió Laia en aquella carta para Santiago, mientras al recordar la escena sobre la que escribía, esbozó una melancólica sonrisa.

 

Ella llevaba ya un tiempo viviendo en aquella pequeña ciudad, era un poco tímida pero amigable. No le agrada correr sin sentido por la vida, creía en la magia de lo más simple, pero también tenía una actitud muy fuerte cuando la situación lo ameritaba. Era distraída y torpe, pero lista y astuta cuando se trataba de aprender. Había a quienes no les agradaba por tener apariencia de ‘creída’, y quienes sí la conocían, la adoraban por su sencillez y elocuencia. Laia, la chica de los ojos color miel.

Laia tenía por mejor amiga a Zaira. Ambas adoraban el cómo sus nombres rimaban, era como si fuesen hermanas separadas al nacer, no por la apariencia de ambas, sino por el gran lazo que habían formado con tanta facilidad.

 

Y vaya cliché que en un día como cualquiera, Laia alzó la vista y lo vio a él. Estaban en el colegio  –Nunca lo había visto, podría jurarlo ¿será nuevo? ¿Por qué jamás lo vi?- se dijo Laia a sí misma. Era un chico de estatura media, con prominentes y bien perfiladas cejas, labios rosas, muy bien parecido y con porte de engreído, o quizá no tanto.

Cuando Laia lo vio y él sintió su mirada, ella apartó la vista enseguida y apresuró el paso a donde fuese que se dirjía (ya lo había olvidado) un tanto apenada de que él notara que ella lo estaba observando –¡Creerá que soy una loca obsesionada! ¿Y si lo hice sentir incómodo? ¿Me habré quedado mirándolo demasiado? ¡No! Solo fueron unos segundos, estoy segura. Quizá fue idea mía y ni siquiera volteó hacia donde yo estaba. Bueno ya, Laia, no volteés… camina, camina… ¡espera! Tú ibas hacia el otro lado

 

Laia le contó a Zaira sobre aquél chico y ella le dijo que sí lo había visto alguna vez, él no era nuevo en el colegio y mucho menos en la ciudad y sin embargo la tremenda torpeza de Laia hizo que nunca lo viera antes. De ahí en adelante a Laia le gustaba observarlo de lejos cuando por casualidad lo encontraba en algún pasillo del colegio, soltaba risitas torpes en complicidad con Zaira, pero evitaba a toda costa ser vista por él, claro, cuando lo miraba de lejos, pues cuando pasaba cerca se ponía derechita y acomodaba su cabello fingiendo distracción.

En una ocasión, su nada disimulada amiga Zaira, le dio un empujoncito  cuando él pasó cerca, Laia no sabía el porqué de aquella acción de Zaira, hasta que sus ojos se encontraron con los de él. Fue vergonzoso, sin duda, ella se ruborizó y él se río de la escena… se formaron unos hoyuelos en las mejillas de él y quizá sólo fue idea de Laia, pero sus mejillas también se ruborizaron un poco.

Aquella tarde, Zaira se ganó ‘’la ley del hielo’’ por parte de Laia, aunque solo duró cinco minutos, pues Laia comenzó a sonreír demasiado y luego entre golpecitos en el hombro, terminó por estallar de emoción -¡No vuelvas a hacerlo! o por lo menos avísame. ¿Viste que me sonrió? O bueno, quizá se río de mí, ¡pero qué importa! ¿Viste su sonrisa?-

Ella aún no sabía el nombre de él, así que se volvió su ‘platónico’, y así transcurrió algún tiempo entre risas y observarlo de vez en cuando de lejos. El verlo era suficiente para esbozar una sonrisa después de un día cansado. Ella no tenía intención de hablarle jamás, se conformaba con mirarlo y eso la hacía sentir feliz aunque fuese tan solo un momento.

 

Una tarde, una chica gritó muy fuerte atrás de Laia y Zaira, -¡SAAANTIIII!- Laia se molestó por el fuerte sonido y volteó con el cejo fruncido, era una chica de complexión robusta, que aleteaba las manos para llamar la atención de alguien -¿YAAA ENTRÓ EL PROOFEE?-  volvió a gritar aquella chica. Laia y Zaira voltearon hacia donde la chica miraba esperando un respuesta, y ahí estaba él, diciéndole a la chica que No con la mano. -¿Santi? ¡Santiago! Así se llama…-

Su platónico ya tenía un nombre ¡qué bueno! El apodo platónico no se oye muy lindo. Laia por fin sabía su nombre, pero él no el de ella y de eso Laia estaba segura… aunque ese problema no permaneció así por mucho tiempo, pues al finalizar las clases y camino a casa, eso habría cambiado.

 

CONTINUARÁ…

Escrito por: Mayeli Tellez