Cuando te fuiste…

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Si tan sólo hubiese tenido la más mínima sospecha de que aquel día era el último que te vería, te hubiera abrazado más fuerte, te hubiera fracturado el alma, hubiera hecho tantas cosas; tal vez te hubiera detenido, quizá, no lo sé. Pero, como dicen «el hubiera no existe», simplemente no lo hice y ahora no estás más aquí; creo que al final quien tiene el alma fracturada soy yo, por tu partida sin despedida alguna.

Creo que más que tu partida, fue aquella indiferencia que dejaste entre ambos, después de todo lo que vivimos, se me hacía imposible pensar que lo nuestro te haya importado tan poco, pero con el paso del tiempo me dolió saber que sí. Me atormentaba día y noche, pero jamás encontré respuesta alguna. No sabes cómo te maldije los primeros días, tenía tanta rabia, por la falta de lealtad que no tuviste para anunciarme que te marchabas, maldecía que te esforzaste tanto por hacerme sentir algo por ti, para que de un día a otro lo botaras sin más; y algo que jamás olvidé fue que un día dijiste: “En ocasiones hay que saber utilizar a las personas, hay que saber sacar algo de ellos y cuando no te sirvan más,  desecharlos, no complicarte más la vida con ellos”.

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Esas palabras llegaron hasta el lugar más escondido de todo mí ser, creo que siempre guardé la esperanza de ser algo más para ti, que simplemente serte útil, pero no lo logró, quedaron tantas cosas por decir y ni siquiera me diste esa oportunidad. Sabes… Creo que así es mejor, al final de cuentas ya obtuviste lo que querías de mí, por eso te fuiste o al menos eso creo.

Cualquier palabra ya no importaría, quedaría en el limbo cualquier explicación, ya no hay más qué decir, sólo son palabras, son de esas historias que te marcan la vida, que matan algo de ti, acaban contigo, con lo poco que te atreves a ofrecer, sentimientos destrozados y heridos, cosas banas sin sentido; si tan sólo hubieses respondido mi: ¿Por qué? Estaría más tranquila, pero gracias a tu partida aprendí también a darte valor y está demás decir cuál te asigné.

Quisiera decir que te ofendo, pero no es mi intención, ni mi estilo, yo sentí lo que quise sentir y di lo que quería; al final esta herida lleva consigo la alegría de la honestidad, una batalla más perdida, de tantas que me esperan a lo largo de mi vida; sin embargo, volveré a tener estos sentimientos con más intensidad o menos, no lo sé, pero tú…

Tú ni siquiera sabes lo que ocurrió.