Cuando te conocí…

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Recuerdo que era un día como cualquier otro, desperté y seguí mi rutina. Salí de casa un poco apurada, como siempre… Llegué a mi destino y ahí estabas tú, claro que te observé y quizá más de una vez. Pero no te voy a mentir diciéndote que me cautivaste desde el primer instante en el que tu mirada y la mía se cruzaron, no. No voy a mentir, en ese momento simplemente te observé, como observé a cada una de las personas que estaban ahí.

Pasaron los días y aún no llegaba el momento de hablarte, hasta hoy. Fue extraño pues nunca pensé que tus palabras fueran a causarme tal desorden… Ese mismo día me fui a la cama recordando cada una de las palabras que fueron pronunciadas por tu boca esa mañana, parecían tan simples, pero a la misma vez tan dulces. Me sentí extraña, ya que no se me hacía normal que te pensara tanto en ti.

Al día siguiente, te busqué cautelosamente, no te encontré y para mi desgracia me preocupé. Tenía miedo y al mismo tiempo curiosidad. Quería verte, pero no quería decirte. Estaba en un momento crítico, no quería sentir nada por nadie, me sentía tranquila hasta que tú apareciste.

Pasó el tiempo y te vi llegar, sentí como si te estuviera esperando desde hace tiempo. No tuve más opción que acercarme a ti y preguntarte cómo estabas, qué era lo que te tenía tan ocupado, te sentí tan feliz, que tu felicidad me la transmitías con cada sonrisa, nos despedimos y no pude evitar el no abrazarte…

Y así fue el cómo te conocí y poco a poco te fuiste adueñando de mí.